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‘Mami, si se acaba ‘El Bronx’, dejo de meter vicio’, vaticinio de una promesa cumplida

 
Bogotá, mayo 8 de 2017. “Le prometí a mi madre que el día que se acabara la olla de ‘El Bronx’, ese día dejaría la droga”. Como si fuera una premonición, 8 años atrás Harold Seidel Quintero, un joven consumido por el vicio, de la manera más irónica y grosera le juraba a su progenitora en el momento en que ella le rogaba, en toda la esquina de la ‘olla’ más ‘brava’ del centro, que regresara a su hogar.

Ésta, es la historia de Harold, un exhabitante de calle que se encuentra en proceso de recuperación en uno de los centros de atención de la Secretaría de Integración Social. Desde muy niño decidió cambiar los colores y cuadernos que lo acompañaban para ir a la escuela, por unos cuantas aventuras: robando en las calles, rompiendo vidrios de los carros y aprovechando un buen ‘raponazo de celular’ para obtener dinero y sentirse con algo de poder.

A esa corta edad, la vida en la calle se convirtió en una carrera de supervivencia sin una meta ni un final cercano. Entre la droga, la plata, el ‘confort’ que, según él, se podía dar, duró muchos años divagando. Permanecía de esquina en esquina y en una ocasión con otros habitantes de calle escuchó sobre el denominado ‘Bronx’; “un lugar en donde se conseguía fácil la droga, no existía autoridad ni restricciones y allí podían vender todo lo que conseguían en la calle” comenta, recordando sus andanzas por esos lugares.

Con tanta curiosidad, Harold llegó a ‘El Bronx’ y a partir de ese día aparecieron muchos problemas con terribles consecuencias. Allí empezó a consumirse aún más por el ‘bazuco’. “Cuando fumaba, me daba mucho miedo, pensaba que todos los que existían a mi alrededor eran malvados y me querían delatar por lo que yo robaba. A veces hasta el mal olor de las demás personas me incomodaba”, asegura Harold, quien quien reconoce que a pesar de su vida en la calle, trataba siempre de darse una ducha fría lo más seguido posible y evitar estar muy sucio.

En la ‘olla’, estuvo rodeado de personas reconocidas como los ‘Sayayines’, ‘Campaneros’ y ‘Taquilleros’. El dinero fácil con la venta de droga era el mejor negocio. Fue tanta su ambición y codicia que un día aprovechando el descuido de uno de sus ‘patrones’ se llevó un bolso lleno de dinero y droga. “No imaginaba que después de eso, se me vendría el mundo encima cada vez más”, recuerda lanzando una mirada al horizonte. Un cielo nublado, le ayuda a despejar la mente.

Y no fue para menos. Luego de ese hurto, fue abordado a las pocas horas por tres ‘Sayas’, quienes lo agarraron de la cabeza y brazos y con golpes, patadas e insultos se lo llevaron arrastrado por la calle, mostrándole a todos los presentes lo que le pasaría a alguien que robara adentro de ‘El Bronx’. “Me llevaron a un edificio muy cerca de ‘Mosco’. (Una taquilla de venta de droga). Allí llegó el ‘Patrón’ con otra gente y me dijo que por qué lo había robado. Negaba todo para salvarme, pero lo que yo no sabía es que ellos tenían conocimiento de todo”, sentencia.

“Luego de mucha tortura, puños y demás humillaciones, uno de los ‘Sayas’ me cogió de las manos, se acercó y me gritó en la cara: ‘esto es para que aprenda pelado’, luego, llegó otro hombre con unas pinzas y sin mediar palabra alguna cogió mi dedo meñique de la mano derecha y me lo empezó a destrozar hasta que finalmente lo arrancó de mi mano. Otro ‘Saya’ me pegaba en la cabeza y en un momento en donde ya me sentía muy débil me cortaron la cara y parte de mi oreja”, describe Harold, mirando tristemente por un momento su mano derecha, en la cual perdió la movilidad en sus tres dedos y parte de la muñeca.

A pesar del monstruoso castigo, Harold le había demostrado al ‘patrón’ algo de valentía, que para ellos era muy importante a la hora de reclutar jóvenes para delinquir, mantener la seguridad en la ‘olla’ y hasta vender droga en otras sucursales como ellos mismos mencionaban. Aunque seguía metiéndose más en el vicio, esta desafortunada situación le brindó garantías a Harold para continuar con un buen respaldo al interior de ‘El Bronx’.

Sorpresivo reencuentro

Pasó mucho tiempo desde ese trágico día. Harold, con más madurez, pero consumido en el vicio, seguía en la ‘olla’. A sus casi 34 años, recordaba muy poco a su familia. Su madre, quien intento muchas veces rescatarlo de las puertas del infierno de ‘El Bronx’, nunca pudo contra tanta maldad. El tiempo lo consumía poco a poco. Las promesas que una vez le hizo a su madre, quedaban en el rezago.

“Ya estaba cansado de tanta mala vida, siempre entendí que lo que me pasó en mi cara y mi mano, fue también un castigo por tanto daño del que le hice a las personas”, dice Harold recordando como su vida por mucho tiempo se fue perdiendo.

El día de la intervención en ‘El Bronx’, vivía cómodamente cerca de la taquilla de ‘Mosco’. Compartía una pieza con una novia del momento. “Esa mañana un estruendo se escuchó, ya había rumores que la Policía nos iba a caer, me puse nervioso. Rápidamente me levanté de la cama, cogí mis cosas y salí corriendo entre tanta gente. Mientras iba pasando observaba como todo quedaba en ruinas, las taquillas, las mesas de venta y comida, todo era destrucción”, asevera.

Y agrega: “me la pase varios días por la calle, fuera de ‘El Bronx’. En esos días nos ofrecían ‘bichas’ a cambio de hacer desórdenes en varios sectores y destruir cosas, pero la verdad, no quería más problemas. Creo que tenía que empezar a cumplirle la promesa a mi madre, la cual ni sabía, si aún estuviera viva”, narra Harold, en medio de un silencio por unos minutos y algunas lágrimas en sus ojos.

Mientras que caminaba por las calles aledañas al destruido sector, se encontró un grupo de muchachos con chaqueta azul de Integración Social, que empezaron a saludarlo. En ese instante recordó esa misma invitación que había recibido hace años atrás, pero su falta de madurez, hizo que la rechazara en esa oportunidad.

Fue trasladado de manera voluntaria al hogar de paso Bakatá. Allí se bañó, se cortó el pelo y hasta se cambió de ropa. Sintió la necesidad de poder ubicar a su familia y por medio del equipo profesional del hogar lo logró. “Mi Hermana contestó ese día el teléfono, al escuchar mi voz, se puso a llorar. Ellos son de Tumaco y pues fue muy difícil ubicarlos antes. Gracias a la ayuda de la trabajadora social ‘Astrid’, a quién recuerdo mucho, ella pudo comunicarse con mis hermanos y padres y logró convencerlos para que me visitaran y apoyaran mi proceso”, recuerda Harold.

Cuando su progenitora lo vio de nuevo, esta vez aseado y sin estar ‘drogado’ como antes, lo abrazo mucho. Al oído le susurró que siempre lo había esperado y que lo amaba mucho, que la promesa de salir del vicio, hoy creía que empezaba a dar frutos. Luego del encuentro, lo invitó a almorzar, le compró elementos de aseo y le regaló otras cosas para que empezará muy cómodo su proceso.

Hoy Harold es otro. Con algunas fisioterapias y mucha paciencia, trata de recuperar la movilidad en sus dedos y poder volver a utilizar su mano derecha como una vez lo hizo. Durante su proceso de recuperación, ha recibido formación en cursos de construcción y sistemas. Está validando la primaria y espera continuar con su bachillerato. Entre las enseñanzas que le deja estudiar matemáticas, ciencias sociales, español y hasta el inglés; trata de soñar nuevas historias para su vida. Actualmente comparte momentos felices al lado de su madre, la persona que siempre mantuvo la fe en su recuperación. Recuperó la confianza de su padre y hermanos, la cual perdió por sus malas decisiones.

Tiene una novia, un poco mayor que él y muy juiciosa. Ella le ha enseñado a valorar la vida a través de buenos consejos. También le ha prometido acompañarlo hasta el último día de la vida. A pocos días de finalizar su proceso, sólo le pide a su Dios que lo guíe, que pueda conseguir un trabajo y de esta manera brindarse una mejor calidad de vida.

Por momentos toma su mano derecha, siente la ausencia de su dedo, acaricia su rostro y recuerda las cicatrices que la vida le dejó, se llena de emoción al pensar que aún está vivo y que hoy puede empezar de nuevo. Cumplir una promesa, le salvó la vida.
 

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