
Al Buen Pastor se llega por un callejón sin salida, que se abre paso entre dos de las máximas autoridades del país: a un lado, la Escuela Militar José María Córdoba; al otro, la Conferencia
Episcopal de Colombia.
Un callejón de 800 metros por el que han transitado miles de mujeres y sus familias en los últimos años: jóvenes, maduras, abuelas; la mayoría madres que, por cualquier motivo que no vale la pena referir aquí, hoy no pueden estar al lado de sus hijos. Por ahí también llegaron los equipos de Participación Infantil de la SDIS y las escuelas itinerantes del IDIPRON.
Allá, mientras el mundo entero se concentraba en la inauguración del Mundial de fútbol Brasil 2014, acá el reclusorio de mujeres ‘El Buen Pastor’ se convertía en una de las sedes temporales de otro torneo, quizá más humilde, pero no menos importante: ‘La Mundial de Golosa’, campeonato que desde el pasado 8 de junio tiene a miles de niños y niñas jugando en todos los rincones de Bogotá.
Ese día, cerca de 50 internas recibieron la visita de sus hijos: 35 niños y niñas, y 15 jóvenes vinculados al sistema de responsabilidad penal adolescente en el reclusorio de menores ‘El Redentor’, quince adolescentes que por su situación solo ven a sus madres una vez cada mes.
En el parque infantil del patio central, Cristian, un niño de siete años y libre de todo pecado, fue el primero en lanzar la piedra. En el Buen Pastor no rodó Brazuca -la pelota oficial del mundial de fútbol-, pero sí brilló la golosa, la rayuela o la tángara: ese caminito al cielo dibujado en el suelo que todos y todas alguna vez hemos jugado.
A Cristian se unieron, poco a poco, los otros niños y niñas que encontraron en la golosa otra forma de habitar, por pocas horas, la cárcel de sus mamás. A las niñas las siguieron sus madres. Al principio con cautela, con algo de vergüenza -esa que normalmente sentimos los adultos cuando nos vemos envueltos en el juego de los niños, quizá porque estamos convencidos de que envejecer no es otra cosa que abandonar para siempre el reino de la infancia-.
Qué equivocados podemos estar: en ese preciso momento, cuando madres e hijos saltaban, reían y jugaban alrededor de la golosa, “La Mundial” (como la llaman los pelados y peladas que se la inventaron en el barrio Los Laches de la localidad de Santa fe) se anotó su mejor victoria hasta ahora: abrió las puertas del juego a mujeres, niñas y niños presos de sus circunstancias. La escena era como la de un recreo: todo el mundo jugaba.
Pero el juego fue solo una excusa, el preludio de un ejercicio mucho más liberador y esperanzador: el “taller de mínimos para el máximo de participación infantil” dictado por el equipo de Participación Infantil de la Subdirección para la Infancia de la SDIS.
El taller fue el momento para que aquellas mujeres se pensaran en conjunto con sus crías, para que se imaginaran y convencieran de que en esta vida que les tocó vivir hay otras mejores posibles, y que solo depende de su compromiso con la niñez para hacerlas realidad; como cuando se llega al cielo después de unos saltos sobre la rayuela.
En el taller de mínimos para el máximo de participación infantil, las madres y sus hijos se sentaron a hablar, a dibujar sobre una hoja blanca un paisaje de sueños, un memorial del nunca jamás, un pacto para garantizar que desde ese preciso instante -aunque entre ellas y sus hijos se levantara el muro más grueso-, las internas del Buen Pastor nunca más dejarán de escuchar lo que sus niños y sus niñas quieran decirles.
En la golosa hay nueve pasos entre el cielo y la tierra. En la vida de esas 50 niñas y niños hay muchos más que los separan de sus mamás; sin embargo, esa mañana del 12 de junio de 2014, mientras el resto del mundo escuchaba cómo Jennifer López doblaba una canción multimillonaria, las mamás del Buen Pastor escuchaban a sus hijos. Y comprendían que no hay peor cárcel que el silencio de los inocentes.



