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Ángelo, el ‘elegido’ que pasó de la muerte, ‘El Bronx’ y la drogadicción a los brazos de su madre

 
Bogotá, mayo 10 de 2017. Ángelo cree que es un elegido. Es más, no lo cree, está seguro. Prueba de ello son los cerca de 90 puntos que tiene en su estómago, luego de recibir un tiro de ‘changón’. Prueba de ello es sobrevivir tras 4 meses en cuidados intensivos. Prueba de ellos es reencontrarse con su mamá, 26 años después de salir corriendo por las polvorosas calles de Cúcuta.

Ángelo Ómar Hincapié tiene 34 años, Un cuerpo menudo y unas piernas extremadamente delgadas, producto de la inmovilidad de las mismas desde los 20 años a raíz del impacto de fuego que casi le parte la columna en dos pedazos. Por el contrario, sus brazos son fuertes y gruesos y sus manos ásperas. Ellas son las que le dan impulso a la silla en la que se moviliza hace más de una década.

Ángelo, el ‘elegido’, aún recuerda como si fuera ayer cuando siendo apenas un niño escapó de su casa. Lo hizo, como muchos menores de edad, porque era agredido físicamente. “Llegué a las calles a los 8 años porque mi papá me maltrataba mucho, me pegaba. Decidí irme de la casa y no volver nunca más y hace más de 20 años que no sabía nada de mi madre, no sabía si ella vivía o no, ni ella tampoco sabía nada de mí, ella creía que yo estaba muerto”, recuerda, mientras hurga sus ojos. No le pican, no quiere que lo vean llorar.

“Era muy niño cuando llegué a las calles. Me vine para Bucaramanga, de ahí pasé a Santa Marta y de ahí para Bogotá y caí en las drogas. Llegué colándome en las tractomulas de carbón, en los camiones cementeros. Y apenas estaba en la capital comencé a consumir, al poco tiempo ya estaba robando. Mis días eran muy difíciles. A veces contento, a veces muy triste porque no tenía dónde bañarme, mendigando un plato de comida, estaba ciego, vendado por la drogadicción”, asegura, mientras organiza sus ideas, que sin importar cuál sea su rumbo, siempre terminan con la noche del accidente que le cambió la vida.

“Comencé a robar y a los 20 años me pegaron un tiro. Eso fue en el centro. Estaba robando y me cogí una cartera. Cuando iba caminando, a unas cuadras del lugar, en el centro, un celador me alcanzó y me dijo: ‘chino entregue lo que se robó’, y empecé a responderle que nada, que yo no tenía nada. Seguí caminando y el celador, que iba en cicla, se fue, le dio la vuelta a la cuadra y se me paró de frente y volvió y me dijo: ‘chino, entregue lo que se robó’ y ahí yo ya me puse grosero y le respondí: ‘qué, h#&* gon… si yo no me he robado nada’, entonces el celador se paró como de medio lado sobre la cicla y de un momento a otro sonó un disparo duro. Quedé sobre el suelo, con los brazos abiertos, boca arriba. Sólo recuerdo a varias personas diciéndome, ‘tranquilo pelao, aguante que ya llamamos ayuda’. Me salvó que tenía una botella de ‘chorro’ y por eso no me rompió la columna por la mitad, porque si no estaría muerto”, sentencia. Y no se equivoca. Después de ese episodio duró cuatro meses en cuidados intensivos. Su vida era considerada un milagro. Así se lo dijeron varias veces los médicos. Y ahora, cuando el ‘elegido’ mira su pasado, y su presente, sabe que es así.

Lleva más de 8 meses sin consumir. 14 en proceso de recuperación y está convencido que es una nueva persona. Se reencontró con su mamá, a quién no veía desde los 8 años, y espera terminar su proceso para viajar a Cúcuta donde va a estar con ella para nunca más irse de su lado. Cuando la vio de nuevo, hace dos meses, ella no lo reconoció, solo cuando lo abrazó supo que era su hijo. Duraron minutos en ese abrazo, segundos eternos de tantos años perdidos.

No ha sido fácil. Confiesa que la ansiedad lo perturba e incluso en las noches en vela piensa en sus compañeros que aún están en la calle. Ahora, que se percibe de forma diferente, no concibe como alguien puede vivir en ese mundo.

“Ellos eran mi familia, los ‘parches’ que uno habitaba, los compañeros de la calle. Es muy triste dejarlos porque o uno ha convivido con ellos toda la vida y para uno esa era su familia. Me gustaría decirles que sí se puede, que le pongan ánimo y voluntad, que si yo pude por qué no ellos. La vida es muy linda sin drogas. Para mí fue difícil pero desde que entré al hogar de Integración Social le puse empeño. Claro uno no todos los días tiene la misma fuerza, pero esa la da el de arriba”, asevera mientras sonríe pensando cómo será su futuro y mira hacia el cielo. Siente una extraña conexión cada vez que lo hace.

Planea llegar a Cúcuta donde la mamá y conseguir un ‘plante’ para poner un kiosco de dulces y así colaborar en su casa. Su familia es muy humilde y él quiere ayudarles con el sustento. En pocos días viajará a esa ciudad en avión. Se emociona cuando lo piensa, las veces que ‘voló’ lo hizo por nubes de bazuco y marihuana. Ahora volará de verdad, y por primera vez, para empezar de cero. “Apenas vea a mi mamá la voy a abrazar más y a pedirle perdón por todo lo malo que hice. No quiero nunca más estar lejos de ella”, finaliza Ángelo, el ‘elegido’ y a quien Dios le dio otra oportunidad.
 

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