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Doña Amparo, la señora que gracias al fin de ‘El Bronx’, superó medio siglo de vida en las calles

 
Bogotá, mayo 17 de 2017. Sin familia, porque les perdió cualquier rastro, sin hija, porque no quiere saber de ella y sin pasado; porque ella no quiere saber de él, Amparo López García empezó de nuevo a la edad en la que cualquier ser humano quisiera, al contrario, terminar de vivir.

Tiene 59 años. Una voluntad de hierro y una decisión más firme que un roble. Pasó 47 años en las calles, sí, casi medio siglo, y sin embargo hoy está segura que nació de nuevo y que la vida le dio una oportunidad. Hace menos de un mes sufrió una trombosis y se aferra con fuerza a la vida. Sabe que cada segundo es una luz.

“Llegué el 14 de diciembre a ‘El Camino’ (centro de Integración Social). Vengo de ‘La Luz’ donde hice un proceso de 6 meses, pero por cuestión de salud me dieron una prórroga en mi recuperación. Me dio una trombosis y ya me estoy mejorando. Estoy en tratamiento y me tienen que hacer varios exámenes”, asegura Doña Amparo, quien es consciente que parte de su actual padecimiento es por su maltrecho pasado.

“Llevaba más de 40 años en las calles. Estuve en el ‘San Bernardo’, en ‘El Cartucho’, en ‘El Bronx’; cuatro décadas de una vida oscura. Vi todo tipo de actos inhumanos y horribles. Sobre todo en ‘El Cartucho’”, recuerda sonriendo, siempre sonriendo, sonríe desde el primer día que decidió dejar las calles.

“Lo más feo fue ver la muerte de un compañero y no poder hacer nada. Ver la maldad. Ver cómo la gente cometía barbaries contra la gente. Vi desmembramientos y muchas, veces, solo por estar cerca porque si uno se movía lo mataban, me decían: ‘vaya y lleve esta bolsa a la basura por una ‘bicha’’. Sabía que era, pero si uno decía que no, también llevaba”, recuerda.

No le gusta evocar momentos de esas épocas. Se acuerda todavía del día de la intervención de ‘El Bronx’, pero de ese hecho específico porque ese día su vida cambio. Estaba, como miles de sus ‘compañeros’, como los ‘llama’, sucia y confundida.
 
 

“Siempre nos avisaban de los operativos para estar pendientes. Esa noche nos acostamos común y corriente. No amanecí consumiendo como otros días. Estaba amaneciendo y estaba dormida. Me golpearon en la puerta y me dijeron: ‘¡Amparo, Amparo, hay un operativo!’, cuando abrí los ojos no había nadie, solo vi la ‘ley’. Tenía un perrito porque yo dormía en un ‘cambuche’ y cuando volteé a mirar no vi el perrito, lo ahuyentaron los gases. Solo veía un compañero que estaba al lado todo ‘paniquiado’ al lado. Le pregunté: ¿parcero qué pasó?, y me dijo: ‘¡Amparo, se metieron!’, entonces me coloqué una cobija, me abrigué y salí corriendo hacia una esquina. De allí me enviaron al CAT (Centro de Atención Transitoria)”, cuenta.

“Llegamos ahí al CAT, en el cual nos acogieron muy bien. La atención fue excelente. Nos sentíamos como en otro lugar, no con esa cuestión de la gente, el vicio y la calle. Estuve allí 3 meses poniendo de mi parte porque no quería saber nada más de vicio, asistiendo a los talleres y cumpliendo. Antes había intentado salirme de las calles, pero me había compenetrado tanto que eso parecía una ‘chupa’ que no me dejaba salir. Estaba aburrida de tanto consumo y tanta humillación, maltrato físico y moral. Yo llegué a la calle a los 12 años por saber qué experimentaba al consumir. Nací en el ‘San Bernardo’, una zona de tolerancia y de riesgo donde allí se comenzó a mover todo lo de la droga”, sentencia. No cierra los ojos, le gusta mirar hacia el cielo, donde tiene puestas todas sus esperanzas.

Sabe que no es sencillo empezar de nuevo a su edad, No le importa. “Para mí no hay nada difícil ni imposible porque en el momento que yo pisé las puertas del CAT y nos estudiaron los perfiles para ir a La Luz, al momento que puse el pie dije: ‘volví a nacer’ y todo aquello se me olvidó, volví a nacer y ahora soy otra persona”.

Actualmente doña Amparo está trabajando con un importante periódico repartiendo volantes. Lleva apenas una semana, pero con ese corto tiempo ya se siente importante. Esa sensación la embarga cada segundo y la motiva a cosas tan sencillas, como mejorar su forma de comunicarse.

“Me siento útil. Lo más bonito es interactuar con la gente, saber el léxico para así mismo transmitirles la información. Esa es la intención, hacer conexión con los de afuera. Lo más rico es sentirse gente, sentirse uno lo que es realmente, una persona íntegra para la sociedad con sus cualidades”, cuenta y toma una pausa. Hay algo, que aunque no la amilana, si la entristece.

“Tengo una hija pero no quiere saber nada de mí. De La Luz, llamaron a la casa de ella, pero les dijo que no quería verme. Trabaja con la Policía. La entiendo, aunque confieso que me gustaría abrazarla y que viera que estoy bien. De mi familia perdí el rastro, tengo los nombres, pero no sé nada de ellos”, dice. Se queda callada. Ese sería otro regalo de la vida. Verlos de nuevo.

Le quedan pocos días para salir de nuevo a las calles, pero esta vez como un ciudadano cualquiera. Todo depende de su salud. Sin embargo, sean los años que sean, sabe que vivirá para demostrarse a sí misma, que sí se pudo.
 
 

 
 
 
 
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