Secretaría Distrital de Integración Social

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“Integración Social es mi familia”: historia de una migrante en Bogotá

 

 
• Yonaris Zapata es una mujer venezolana que junto a sus cuatro hijos halló esperanza en los servicios de la Secretaría Distrital de Integración Social.

Bogotá, 21 de mayo de 2020. Yonaris Zapata tiene 29 años de edad y cuatro hijos. Es proveniente de Barquisimeto, en Venezuela, y llegó a Colombia en agosto pasado porque en su país la situación cada vez se ponía más complicada y no contaba con el apoyo del padre de los niños.

“Me vine para conseguir calidad de vida para mis hijos. No tenía a nadie que me recibiera. Me preguntaba dónde íbamos a dormir, ni siquiera traíamos ropa adecuada para las condiciones climáticas”, recuerda meses después ya con una realidad diferente.

Llegó por tierra, y en el terminal estuvo temblando de miedo hasta que una funcionaria de la Secretaría Distrital de Integración Social la abordó y le ofreció el servicio del Centro Abrazar, un espacio acondicionado para atender durante el día a niños, niñas y adolescentes de 0 a 16 años para evitar que sean víctimas de trabajo infantil.

Llegaron tan desnutridos que a la semana, Thiago, de 4 meses en ese momento, debió ser hospitalizado durante casi 20 días por gastroenteritis. Eso hizo que la desnutrición se volviera severa. “No sabía que veníamos así por la mala alimentación”, recuerda esta mujer que para entonces no era consciente de la importancia de la lactancia materna. “La doctora me explicó que al sustituir el pecho por el tetero el niño no se alimentaba bien”.

Mientras tanto, los otros niños (Saray, de 13 años; Antonieta, de 4; Elias, de 2) permanecieron en un hospedaje y recibían servicios de alimentación y apoyo psicosocial en el Centro Abrazar. “Mi red de apoyo siempre fueron las personas del Centro Abrazar. Durante el tiempo que estuve en la clínica cuidaron mucho de mis hijos, me ayudaron a conseguir dinero para pagar el hospedaje y les daban comida, hablaban con las personas donde yo me quedaba para que los tuvieran mientras yo estaba en el hospital”.

Sin embargo, cuando Thiago estaba mejorando, Elías, el niño de dos años, también enfermó de gastroenteritis. “En la misma habitación tuve a los dos niños hospitalizados”. Ambos fueron dados de alta pero una semana después el menor presentó una crisis de bronquiolitis que lo llevó de nuevo al hospital.

La mayor preocupación de Yonaris era que mientras ella estuviera en el hospital, los otros niños debían quedar bajo el cuidado de extraños. Fue entonces cuando consideró la posibilidad de entregarlos al ICBF para evitar que estuvieran en riesgo de mendicidad.

“No podía ser envidiosa. Que yo quisiera tener a mis hijos conmigo no significaba que ellos tuvieran que pasar trabajo. Esa es la decisión más difícil que he tomado en mi vida, jamás pensé que iba a pasar por una situación así”. Sus tres hijos mayores fueron al Centro San Mauricio en Suba, mientras el menor seguía recuperándose en el hospital.

Era tal la prisa de Yonaris para volver a estar con sus niños, que solo un mes después de haberlos llevado al ICBF ya había logrado más de la mitad de los requisitos: “debía tener una estabilidad, un lugar donde vivir con condiciones óptimas, un empleo, estar legalizada en el país y ser puntual en la hora de visitas”.

También requería garantizarles educación, así que en el Centro Abrazar agilizaron el proceso de inscripcion en los colegios distritales. Después de 2 meses recibió una respuesta de migración que le otorgaba el salvoconducto para permanecer legalmente en el país. Con ese documento pudo, finalmente, reunirse con sus hijos.

“Estoy agradecida con el trabajo del Centro Abrazar. La calidad humana que tienen es preciosa. Sé que les debe dar mucho honor ese trabajo humano”, dijo Yonaris al referirse a la labor del personal de la Secretaría y contenta porque ese diciembre recibió alimentación para ella y los niños y ya todos superaron la desnutrición.

Actualmente, los dos niños menores hacen parte del Jardín Infantil Caracolí, en Ciudad Bolívar, donde reciben apoyos alimentarios y toda la atención propia de la primera infancia. Por su parte, Yonaris trabaja dos veces a la semana vendiendo helados con lo que alcanza a pagar el arriendo y las demás necesidades de la familia. Además, ya no está sola. Hace algunos meses Yonaris logró que su hermana viniera también a vivir a Bogotá y es ella quien la apoya con el cuidado de los niños.

“Integración Social se convirtió en mi familia. No solamente son una institución, son seres humanos comprometidos con el bienestar de las personas”, concluye Yonaris llena de agradecimiento hacia quienes le tendieron la mano.
 

 
 
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