
• María Miriam Hernández Sánchez, vendedora ambulante y madre de tres hijos, comparte cómo ha tenido que reconstruir su vida. En el taller para familias encontró herramientas para la crianza, el manejo de emociones y el autocuidado.
Bogotá, D.C., marzo 11 de 2026. En una de las sillas del taller está sentada María Miriam Hernández Sánchez, vendedora ambulante y madre de tres hijos. Habla con la serenidad de quien ha tenido que aprender a ser fuerte, pero también con la honestidad de quien reconoce que criar no trae manual.
“Yo trabajo donde salga el momento: a veces al norte, a veces al sur… donde haya oportunidad”, cuenta. Su rutina depende de algo muy simple y a la vez muy profundo: los horarios de sus hijos. Cuando ellos se van al colegio, ella sale a buscar el sustento.
Así ha sido su vida desde hace tres años, cuando se separó del padre de sus hijos después de 15 años de relación. “Mi primera hija la tuve a los 16. Desde los 14 estaba con el papá de ellos. Los tres son de él”, dice. Su voz no busca dramatizar, pero la historia pesa.
La separación llegó después de una infidelidad. Hoy él tiene otro hijo. María Miriam se quedó con los tres suyos y con una vida que tuvo que reconstruir desde cero. “Me ha tocado luchar”, dice sin rodeos.
A pesar de todo, decidió no quedarse en el dolor. Por eso llegó al taller para familias. No sabía exactamente qué iba a encontrar, pero sí tenía claro algo: quería hacerlo mejor.
Porque criar, como ella misma dice, es una tarea para la que nadie entrega instrucciones.

“Uno al ser padre no tiene un manual. A veces uno falla en ciertas cosas. Entonces el taller le enseña a uno cómo manejar desde las situaciones más pequeñas hasta las más grandes”.
En las sesiones ha descubierto que la crianza también pasa por aprender a mirar hacia adentro. Uno de los temas que más la marcó fue el manejo de las emociones.
“Aprendimos que uno no debe quedarse enojado mucho tiempo. Que hay que respirar, calmarse… porque si uno siempre está amargado, así mismo trata a los demás”.
También habló del autocuidado, una palabra que para muchas madres suena lejana.
“A veces uno se descuida mucho por cuidar a los niños. Pero si uno no está bien, tampoco puede tratar bien a los demás”.
Mientras habla, piensa en sus hijos, que tienen edades distintas y atraviesan etapas diferentes. La mayor ya vive ese momento de rebeldía que llega con la adolescencia.
“Pero uno aprende a manejarlo, a explicarles, a entender que van creciendo”.
Para María Miriam, estos espacios no son solo talleres: son pequeñas pausas para aprender, compartir y sentirse acompañada.
“Venimos aquí a conocer más personas, a aprender cosas nuevas. A veces para muchas mamás esto ayuda mucho”.
Antes de despedirse, deja un mensaje para otras familias de la ciudad, especialmente para quienes, como ella, han tenido que sacar adelante su hogar solas.
“Debemos aprovechar mucho estos talleres que nos ofrece el Estado. Son una gran ayuda. A veces no solucionan todo, pero sí nos enseñan y nos dan herramientas”.
En sus palabras no hay discursos técnicos ni frases elaboradas. Solo la experiencia de una mujer que ha aprendido, a fuerza de vida, que criar también es aprender todos los días.
Y que incluso en medio de las dificultades, siempre hay espacio para seguir intentándolo.



