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‘Chip’, la huella de un buen graffiti, un buen rap y una ‘tabla’

 

 
Bogotá, diciembre 3 de 2019. La acostumbrada rutina de los asiduos y anónimos peatones, quienes transitan sobre el andén sur, en un trayecto de la calle 68 con carrera 58, cambió. Latas de pintura, vinilos, aerosoles yacían junto a rodillos, brochas y recipientes. Entre el estridente ruido del tráfico, eran alrededor de las 9 de la mañana, se escucha como murmullo, una conversación de un chico alto, algo desgarbado y cabello un poco largo.

Vestía de pantalón ancho, color beige, camiseta roja con rayas azules y blancas y una gorra tejida en lana negra. Hablaba con un grupo de adultos mayores, indagaba sobre la postura y el pensamiento de los abuelos frente al graffiti. El chico escuchó atentamente cada una de las respuestas, las cuales interpeló de manera respetuosa, aclarando dudas, disipando estigmas y prejuicios.

‘Chip’ es el mote con el que se conoce a Ricardo Steven Acosta, un bogotano, risueño, de pocas palabras, muy observador y buena onda. Artista visual, graffitero, aerógrafo, ‘skater’ y emprendedor, quien ha dedicado la mayoría de sus 34 años de edad, a hacer lo que realmente le gusta y le apasiona: pintar. La capacidad de interpretar la realidad de una manera amplia y diversa es lo que caracteriza la obra de este artista, quien además integra y dirige la mesa de graffiti de la localidad de Teusaquillo, ‘Teusatag’.

La sensibilidad y su visión como artista, la han definido, el trasegar por distintas latitudes de Bogotá, el vínculo con sus amigos y colegas, su familia, el dolor, el amor y sus experiencias de vida. Una amalgama de elementos que se mezclan abruptamente como pinturas regadas sobre una paleta.
 
 
 
 
 
 

Fue entre los 12 y 14 años, en plena adolescencia y rebeldía, cuando conoció el rap, el ‘skateboarding’ y el graffiti, desde entonces compañeros inseparables. Descubrió el rap cuando escuchó ‘Contra el Muro’, canción de la agrupación ‘Gotas de Lluvia’ del sector de Las Cruces, en Bogotá. Lo que más le sedujo fue el sonido de la batería, el cual aún retumba en su cabeza. Con el rap, llegó el ‘skateboarding’ y el primer ‘parche de amigos’. Finalizaban los 90’s, época en el que se cimentó una generación más contestataria, urgida de expresar sentires desde otras alternativas. Fue allí, en ese instante, en el que surgió y nació su inquietud por el graffiti.

De niño vivió en el barrio San Bernardo, en el centro de la ciudad. Durante ese tiempo y de manera exclusiva fue el dueño de los afectos de su madre y de su abuela, hasta que su mamá conoció a Esteban, con quien conformó una nueva familia y se mudaron a Patio Bonito y luego al Tintal. El primer graffiti lo pintó en 1999, en compañía de dos ‘parceros’, Walter y Camilo. Plasmó su nombre utilizando pinturas de color rojo y negro, sobre uno de los muros que encerraban un lote.

Precisa que cuando llegó al sector no existía la biblioteca, en su lugar había un terreno en el que permanecían los camiones de basura de LIME, con los años y el desarrollo urbanístico de la ciudad, fue testigo tanto de la construcción de la biblioteca el Tintal, como de sus inicios. Grandes salones, algunos estantes, calcula que no eran más de 300 libros y unos pocos computadores con acceso gratuito a internet.

La biblioteca el Tintal, templo de su creatividad

Los espacios amplios y el silencio de la biblioteca, fueron propicios, casi cómplices y facilitaron la práctica del dibujo. En cuadernos dedicó horas a dibujar partes del cuerpo, orejas, bocas, narices, perfeccionó trazos, soltó su mano, decidió aprender empíricamente, a lo ‘Leonardo da Vinci’ pues era consciente que lo que necesitaba no lo conseguiría en ningún libro. “Me obsesioné, fueron largas sesiones dentro de la biblioteca, sentado, observando los rostros y fisionomía de la gente que llegaba a estudiar, y a quienes calcaba a lápiz”, asegura.

En ocasiones pensó en la complicidad del destino, pues mientras dibujaba, recordaba esa particular coincidencia, que lo conectaba con aquel lugar, ya que en el pasado sobre uno de los muros del antiguo terreno de donde se edificó la biblioteca, había hecho su primer graffiti.

Sumado a la práctica del dibujo, el tiempo se le iba montando tabla, rapeando y escuchando ‘hip hop’ con el parche de amigos, lo que le llevo a descuidar sus estudios, perder algunos años del colegio y a fuertes llamados de atención de su mamá y padrastro. Así mismo como llegaba del colegio, se cambiaba de ropa y salía de su casa a andar en la calle, salía pese a las restricciones y castigos. Se sentía libre sobre su tabla y lo sigue sintiendo, misma sensación que experimenta al pintar o al mezclar música.

El graffiti le exigía recursos, para la compra de las pinturas y los aerosoles, por lo que trabajaba en el taller que tenía su madre y padrastro, taller en el que elaboraban muebles. ‘Chip’ lijaba y pintaba, lo hacía solo mientras juntaba dinero para poder comprar pinturas y salir con sus amigos a graffitear. La práctica del skateboarding, reconoce que era más fácil. Por ser el más chiquito siempre recibió el apoyo de la gente más adulta, quienes le regalaban tablas, zapatos y pantalones, elementos usados, pero en buen estado.

De pintar con vinilos y aerosoles, saltó a la aerografía, técnica que conoció por un ‘parcerito’ que llegó al barrio El Tintal, con una especie de esfero que botaba pintura. Fue su mentor. Pintar con aerografía era más barato y requería un poco menos de tiempo. Lo limitado en ese entonces era no contar con el quipo, para pintar debía esperar que alguien lo invitara o le permitiera usar su equipo. Resultaba un poco frustrante para él entender como había personas con poco talento, pero con dinero que les permitía tener equipo y pinturas, frente a personas como él, diestros en la pintura, pero sin recursos.

Pero por coincidencias del destino, un familiar por parte de su papá, le contrató para que le hiciera un trabajo. El señor tenía muchos aerógrafos y al darse cuenta del talento de Steven, le obsequió uno, lo que le permitió trabajar las dos técnicas de manera combinada, invirtiendo menos dinero y tiempo.

Con el rap y el ‘Hip Hop’ conoció a Waira, su novia, con quien vive hace ocho años en Galerías y quien además ha sido su fortaleza en momentos o situaciones difíciles y angustiantes, en los que se ha perdido y desconectado de todo, como la pérdida de su hermano José, quien murió a la edad de 14 años en un accidente en TransMilenio.

Entender y aceptar la pérdida de su hermano le ha llevado tiempo. El vínculo era muy fuerte, pues el cuidó de sus dos hermanos menores, mientras su mamá y padrastro trabajaban. Fue tan duro ese episodio que lo alejo del graffiti, la tabla y la música, sucumbió al alcohol y a otras oscuridades, abismo donde solo el amor de Waira lo salvo. La pérdida también trajo cosas positivas, el reencuentro y acercamiento con su madre y padrastro, un sentido por aprovechar el tiempo valioso que es la vida, haciendo las cosas que realmente lo apasionan.

Steven, queda en silencio, hablar y recodar a su hermano lo sensibilizan, al punto que las palabras se apagan, prefiere recordarlo con egoísmo, solo para él, ahí adentro donde están los recuerdos y los sentimientos, como una obra en blanco y negro, donde es el espectador.

Como líder de la mesa de Graffiti, ‘Chip’ organizó y lideró el evento llamado ‘El Graffitazo’ el cual se realizó el 7 de abril del 2018, en el marco de la conmemoración del ‘Bogotazo’, actividad en la que varios artistas visuales participaron y plasmaron 16 murales sobre un muro de más de 50 metros de largo.

Ha trabajado conjuntamente con la comunidad, la estrategia ‘Colores’ que une barrios que cambian, en el barrio El Campín, dentro de la línea de convivencia, paz y reconciliación de la Estrategia de Abordaje Territorial, ha elaborado murales en la subdirección local con la ayuda de personas mayores, derribando imaginarios, entiendo realidades y plasmándolas en sus obras, razones por las que ha sido postulado para una beca que gestiona el servicio CDC en el subcomponente de tiempo liberado.

Es un convencido del talento que hay en la localidad de Teusaquillo, razón por la que constantemente genera espacios de encuentro y reconocimiento entre jóvenes artistas. Sus obras abordan distintas temáticas, algunas con contenido político, crítica social, conciencia ambiental, que comunican e inquietan a sus espectadores anónimos, ciudadanos del común o transeúntes desprevenidos.

 
 
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