
- - Crónica de cómo una mujer, a través de una charla sobre modelos de crianza, aprende a sanar y ser familia.
Bogotá, D.C., julio 17 de 2026. Esteban corre entre las sillas mientras descubre el sabor de una fruta. Intenta morderla con curiosidad, hace una mueca y su abuela corre a ayudarlo.
—Mi amor, eso no se mete todo a la boca… hay que morderlo.
La escena dura apenas unos segundos, pero resume la esencia de esta historia: aprender. Aprender incluso lo más sencillo. Aprender, también, a ser familia.
Lina Jimena Rodríguez llegó a la Comisaría de Familia de Kennedy después de vivir una situación de violencia junto a su esposo. Lo dice sin rodeos.
“Fui víctima totalmente. Y en ocasiones también victimaria, porque cuando uno recibe violencia, tarde o temprano también termina oprimiendo a la otra persona”.
Hoy habla con serenidad. No porque el dolor haya desaparecido, sino porque encontró palabras para entenderlo.
Comunicadora social y periodista de profesión, independiente y dedicada actualmente a varios emprendimientos, nunca imaginó que uno de los mayores aprendizajes de su vida no llegaría en una universidad, sino sentada en un salón, escuchando una charla sobre modelos de crianza.
Recuerda con precisión el día en que una de las profesionales explicó que existen diferentes formas de educar a los hijos: el modelo permisivo, el autoritario, el negligente y el democrático.
Hasta entonces, aquellas palabras no significaban nada para ella. Después lo entendió todo.
“Cuando la doctora dijo que unir un modelo permisivo con uno autoritario era una bomba de tiempo dentro de un hogar, sentí que estaba describiendo mi casa”.
Ella creció en una familia donde la libertad hacía parte de la infancia. Los paseos, las fincas, la posibilidad de explorar sin miedo marcaron su manera de ver el mundo. Su esposo, en cambio, fue criado bajo una disciplina estricta, donde las reglas estaban presentes en cada momento.
Dos historias distintas. Dos maneras de entender la autoridad. Dos formas de amar que, sin comprenderse, terminaron convirtiéndose en conflicto.
“Yo me preguntaba por qué teníamos tantos problemas. Ese día entendí que ninguno de los dos estaba actuando por maldad. Estábamos repitiendo lo que habíamos aprendido de niños”.
En otro de los encuentros, una actividad invitó a cada participante a reencontrarse con su niña o niño interior. Lina volvió a verse pequeña, con dos colas en el cabello, libre, feliz.
Sintió ganas de llorar.
“No era un llanto de dolor. Era como reconciliarme con esa niña”.
A su lado estaba su esposo. Él, un hombre poco expresivo y acostumbrado a guardar silencio, rompió en llanto frente a todos.
“Fue la persona que más lloró del grupo”.
Desde entonces, Lina asegura que comenzó a mirar a su compañero con otros ojos.
“He pensado muchas veces en divorciarme por todo lo que vivimos. Pero aquí entendí que muchas personas necesitan amor, compasión y herramientas para sanar. Hoy todo parece desechable. Si alguien no funciona, simplemente se va. En este proceso aprendimos que también existe la posibilidad de quedarse y ayudar a sanar”.
No significa que la violencia desaparezca de un día para otro. Ella misma lo aclara. “No todo es perfecto. Seguimos en proceso”. Pero ahora las discusiones ya no ocurren desde el mismo lugar. Su esposo, dice, reconoce cuándo está a punto de reaccionar como antes y hace un esfuerzo consciente por detenerse.
Lina descubrió, durante este proceso, comprender de dónde vienen las heridas, también cómo puede ser el primer paso para dejar de heredarlas.



