Secretaría Distrital de Integración Social

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Un amor que nació en El Bronx y hoy sigue en un centro de atención de Bogotá

 
No han pasado más de 40 días desde aquella madrugada cuando el helicóptero de la Policía giraba y giraba por los aires, muy  por encima de los techos de los edificios del Bronx. Mientras tanto  abajo en las calles, uniformados del CTI, Fiscalía y demás funcionarios del Distrito, recorrían zona por zona rescatando menores, jóvenes y adultos mayores de las feroces garras de la droga, la mendicidad; prostitución y todo lo que el vicio trae a su paso. 
 
En una de esas esquinas cerca de la “taquilla”, como denominan el sitio para comprar el vicio, una mujer de piel morena, un poco despeinada, de contextura delgada; con un rostro algo deteriorado por el fuerte frio de las madrugadas, el sol y la lluvia; observa con miedo las escenas.
 
 Su mente consumida por la “Bazuca” como ella misma lo afirma, no la dejaba pensar sino en su pequeño hijo. La imaginación la transportaba a un espacio en donde lo comparte con su primogénito, entre alucinaciones y sueño temerosa observa como su hijo es asesinado. El terror la envuelve más en su tragedia, pero los ruidos y gritos insoportables de la gente, hacen que despierte de sus sueño y se dé cuenta que es su vida la que debe rescatar de la muerte.
 
Ella es Cindy, una mujer de 30 años, 15 de ellos consumidos por el alcohol, el guaro, la cerveza, el bazuco y la marihuana; no le gusta las pepas, ni las combinaciones de drogas que la gente suele inventar. 
 
Llegó al Bronx, por las cosas del vicio, allí su vida giró en torno a la rumba, el sexo y el poder de algunos. Su belleza física fue su mejor aliada, con ella logró combatir los peligros de la calle acompañada de un jibaro que se rendía a sus pies y quien la defendió día y noche ante los peligros de la calle. 
 
“Allí, ser mujer es tenaz, sino la luchas, terminas siendo la mujer de cualquiera o peor finalizas muerta”, afirma ella, tomándose de las manos y orando por un momento al supremo que siempre la ha acompañado. Por cosas de la vida, tuvo un hijo con su compañero del cual solo recibió rechazo y desprecio. 
 
Muy cerca de Cindy, pasando la traba del día anterior se encuentra Fabio Andrés, uno de los más fieles “campaneros de la olla”. Parte de su vida la había entregado al servicio militar como soldado profesional. Allí muy lejos de su tierra natal, entre la selva, la violencia y los temores a morir, se encontró con su primer cigarro de marihuana. Tal vez el hecho de experimentarla, lo llevaría a un túnel sin final. Este sería el inicio de 10 años de consumo de droga. Luego de tantas frustraciones, deudas, peleas y demás conflictos personales se separó de las filas de la milicia y comenzó una vida sin rumbo fijo.
 
Llegó a la ciudad en donde un supuesto amigo le brindó la opción de conocer un lugar en donde no tendría problemas para consumir, ese sitio sería una de las ollas de expendio de drogas más impactantes del país. El Bronx, le daba la bienvenida.  La taquilla”Homero” fue su fuente de vicio por muchos días y noches aunque afirma “Yo entraba a ratos, me pagaba una pieza y trabajaba rebuscándomela afuera, pero entraba y me la fumaba “. 
 
Por su fidelidad y amistad, hizo parte de la venta de droga, la confianza que tuvo con el jibaro logró que pudiera vender a los nuevos compradores, así mismo avisaba de cualquier movimiento extraño en el sector, autorizaba la entrada de gente a la taquilla y de esta forma recibía una buena paga que invertía en él, su vicios y su posada.
 
 
UN AMOR EN LA CALLE
 
Hace más de dos años,  cuando Cindy desfilaba de lado a lado por las calles del Bronx, rebuscando el vicio o un trago de alcohol, ingresó a un conocido billar que en la zona estaba. El ruido de las rockolas, la gritería de algunos y el humo espeso en el aire la recibían al interior del lugar. Algunos choques, palabras groseras, piropos insultantes y demás expresiones llegaban a sus oídos. Su cuerpo, tal vez no era el mismo de antes, el consumo de “bazuca” iba dejando huella en sus huesos y en su piel. 
 
Con la temible ansiedad que carcomía su mente de consumir alcohol, se fue acercando a la barra del lugar. Allí un hombre, de apariencia normal, buen vestir, gorra y cabello corto la esperaba. Le brindó un trago sin esperar nada a cambio. La mirada fija entre los dos se cruzo por unos instantes, o eran las alucinaciones de los rezagos del vicio o pasaba algo especial en sus mentes. 
 
La atracción fue mutua, confiesa Cindy, tomando muy fuerte de la mano a su compañero. Yo lo ví y sentí algo más, pensaba muchas cosas; volvió a pasar por mi mente esa alucinación de ver a mi hijo muerto, pero rápidamente volví a mirar y sentí que ese hombre que me recibía allí sería algo muy especial para mi vida.
 
Por su parte, del otro lado de la barra, estaba Fabio Andrés, en su gran momento de gloria, trabajaba en ese lugar, las ventas eran las mejores, los clientes llegaban a montón, el patrón feliz y la paga cada vez mejor. Por un momento, sus sueños cambiaron al observar a esa chica que tenía al frente. “Yo la miraba y pensaba que chica tan bella, pero quien sabe con quién estará y después me gano tremendo problema”, afirma en voz baja sin negar su temor al recordarlo.
 
A partir de ese momento, varios encuentros se fueron dando, ya el billar no era el único sector para los romances. Entre cuentos e historias que le narraba a su enamorada de aquellos tiempos cuando fue soldado profesional, la atracción y el cariño inundaron sus mentes. De ser desconocidos dentro de un lugar de perdición y peligro, se convertían en una pareja que empezaba a soñar, a veces acompañados de un buen bazuco y un marihuanazo, a veces por efectos del alcohol los sentimientos se desbordaban sin control. Pero en otras ocasiones era el amor el que hacía que las nubes y las estrellas se alinearan para darles felicidad. Esté, era el inicio de algo muy especial que cambiaría sus vidas.
 
HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE
 
Gracias a ese día de intervención en el Bronx, Fabio, volvía por segunda vez a un hogar de paso, luego de un proceso de recuperación frustrado hace años. Él, como algunos otros, ya conocían del servicio, les parecía la oportunidad para desprenderse de ese oscuro pasado que no les mostraba una salida. 
 
Minutos antes de partir del lugar rápidamente y sin dudar un instante, observa de lado a lado, en medio del caos que generaba el paso de los policías y ejercito por las calles llenas de basuras, escombros y casetas ya desarmadas, logró ubicar a su amada Cindy.
 
Saltó de un lado a otro sin mediar algún peligro, la tomó fuerte de su mano derecha, la abrazo y susurrándole al oído, le dijo “Ven conmigo, ya verás que saldremos de esto, yo te cuidare, hasta que la muerte nos separe”. Cindy, por varios momentos trababa de asimilar lo que pasaba, sus alucinaciones personales, la combinación de tanto alcohol consumido y la mirada de su novio, la hacía tener tantas preguntas con muy pocas respuestas.  
 
“Respiré profundo, pensé por un instante que pasaría si me quedaba, o mejor que vendría para mí una vez saliera de este infierno”, cuenta Cindy dándole un fuerte abrazo a su pareja. Luego de muchos pensamientos, algunos empujones, peleas e insultos de muchos habitantes de calle refiriéndose a los uniformados que hacían presencia en el lugar, juntos salen del Bronx. A la vuelta de la esquina, el equipo de Contacto activo de la Secretaría de Integración Social, en medios de bienvenidas y abrazos, los acogen, unas cortas palabras, un breve registro y suben de inmediato a una camioneta que los conducirá al Centro de Atención Transitorio. 
 
Luego de varios minutos recorridos, llegan al lugar. Allí dan inicio a un proceso personal de recuperación, y pasado un mes de trabajo en el hogar,  la meta de Fabio es volver a iniciar su vida alejado de la droga y en compañía de su hermosa amada. Cindy a su vez, agradece día a día a su querido compañero de luchas, con él a su lado desde que lo conoció, confiesa ella, “ya he dejado de consumir Bazuco, él me ha enseñado muchas cosas, me apoya y me impulsa para no seguir pensando en el vicio o tener esos sueños temerosos imaginando la muerte de mi hijo”.
 
En el hogar de paso de la Secretaría Distrital de Integración Social donde conviven hace 2 meses realizan varias actividades, juntos participan en los talleres, desayunan y almuerzan acompañados. Él, no la desampara, con la mirada fija a ella, comprueba que el amor que siente por su chica nadie ni cualquier droga se lo arrebatará. Ella, lo abraza, acaricia su rostro, lo besa en la frente y juntos tomados de la mano, le piden “Papá Dios, como ellos lo mencionan”, que siempre puedan vivir juntos, hasta que la muerte los separe.
 
 
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