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Secretaría Distrital de Integración Social

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Exhabitantes de la calle tendrán trabajo formal gracias a alianza entre Distrito y el Sector Privado

Trabajo formal para exhabitantes

 
Bogotá, mayo 24 de 2017. En un emotivo acto celebrado en el emblemático sector del Voto Nacional, en donde se presentaron a la ciudad 300 cuidadores de ciudad (antiguos exhabitantes de calle) y se exaltó la labor de 250 ‘Ángeles Azules’, la secretaria de Integración, María Consuelo Araújo, anunció que la empresa privada brindará trabajo a los exhabitantes de la calle como parte del proceso de recuperación de hábitos de vida sanos que adelanta el Distrito en la zona.

“A todos les vamos a conseguir un trabajo. El sector privado de Bogotá nos está dando la mano, nos hemos sentado con la presidenta de la Cámara de Comercio de Bogotá y con el Consejo Intergremial, para hacer un sueño realidad, ganarse la vida con un trabajo digno. Hay tres sectores con los que iniciaremos; la construcción, los floricultores y el hotelero serán parte de la inclusión laboral con dignidad y con permanencia”, dijo la funcionaria.

Por su parte el Alcalde Mayor, Enrique Peñalosa, indicó que la participación del sector privado es un gran logro de la Secretaría de Integración Social. “Queremos agradecer a la empresa privada que abre plazas laborales para los exhabitantes de calle. Así esta recuperación se vuelve sostenible con la generación de empleos”, dijo el mandatario.
 
Trabajo formal para exhabitantes 2
 
Trabajo formal para exhabitantes 3

Con un ‘Sí se puede’ Araújo recalcó a los exhabitantes de la calle que deben tener voluntad y responsabilidad absolutas para no recaer y poder volver a hacer parte del engranaje de la ciudad.

“Esta Plazoleta del Voto Nacional ha sido un símbolo de lo que ha pasado aquí y se resume en una palabra, esperanza. Esto antes era el baño público del Bronx, aquí no se podía caminar por la basura y el mugre que había. Se observaba la falta de autoestima de las personas usadas por las mafias para ser esclavizados por la droga. Aquí empezamos a sembrar flores a recuperar las palmas a sembrar esperanza. Algunos decían que esto no iba a durar pero hoy este monumento nacional se está recuperando y es un símbolo de vida”, dijo la secretaria.

La ceremonia fue acompañada por una batucada de jóvenes del IDIPRON que con música, baile y teatro enviaron un mensaje de transformación de vida, recordando el oscuro pasado de la zona y la luz de un promisorio futuro que llega.

Araújo recalcó la labor silenciosa pero efectiva de los 550 héroes y heroínas que conforman ‘Los Ángeles Azules’, equipo que fue objeto de una distinción, un botón que destaca su trabajo y les recuerda el compromiso con la ciudad. “Queremos sumar más personas a este equipo responsable que trabaja con motivación por una mejor Bogotá”, dijo la secretaria.

En el evento que contó con la participación del director del IDPAC, Antonio Hernández, el director del IDIPRON Wilfredo Grajales y algunos concejales de la ciudad se entregaron 600 cédulas a los exhabitantes de calle y se anunció también la apertura de 10 nuevos centros en donde se atenderá a más de 700 habitantes de la calle.
 

 
 
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Se abrirán 10 nuevos centros para atender habitantes de calle

foto de funcionarios con exhabitantes de calle

 
•  860exhabitantes de calle fueron formados en artes y oficios como parte de su recuperación desde que se intervino ‘El Bronx’.

•  2.053 procedentes de ‘El Bronx’ fueron atendidos por los servicios de Integración Social.

•  550 habitantes de calle que aceptaron ayuda estatal, hoy se recuperan satisfactoriamente en centros de atención.

Bogotá, 24 de mayo de 2017. Tras un año de la intervención a la ‘Calle del Bronx’, denominada por el Alcalde Mayor de Bogotá, Enrique Peñalosa como una “República Independiente del Crimen”, 550 exhabitantes de calle que estaban en esa zona se recuperan de su adicción y retoman el control de sus vidas en los centros de atención del Distrito.

De acuerdo con la Secretaría de Integración Social,2.053 habitantes de calle, que aseguraron provenir de ‘El Bronx’recibieron durante este año servicios en centros de atención, tales como: acceso a espacios dignos para dormir, alimentación, recuperación de hábitos, procesos de desarrollo personal, formación educativa e inclusión social, además de la opción de dejar de habitar las calles y superar la adicción al consumo de drogas.

En los actos conmemorativos de este año de intervención, el distrito anunció la apertura de 10 nuevos centros de atención para habitantes de calle con capacidad para 730 personas. Dentro de estos centros se incluirán para atención especializada de población LGBTI, carreteros con mascotas y mujeres.

En 2016 se abrieron cuatro nuevos centros de atención con 506 cupos adicionales y se atendió en total 12.267 habitantes de calle que incluyó población proveniente de sectores como ‘Cinco Huecos’, San Bernardo, La Estanzuela y el Canal de Los Comuneros.  

Igualmente se confirmó que se desarrollará  un nuevo censo de habitantes de calle de Bogotá en convenio con el DANE, lo que permitirá mejorar la estrategia para abordar esta problemática social al identificar cuántas personas de esta población habitan la ciudad.

Búsqueda uno a uno en las calles

Con más de 500 servidores públicosen los hogares de paso y centros de atención, la Alcaldía Mayor de Bogotá reforzó los servicios para el traslado yatención de habitantes de calle en el último año.

Se realizaron en promedio 2.500 recorridos cada mes por parte de250servidores conocidos como los ‘Ángeles Azules’, quienes hacen parte de ‘Contacto Activo’ y día y noche realizan labores desensibilización,  identificación y traslado de habitantes de calle para iniciar un cambio a su vida de consumo y mendicidad.

En promedio los ‘Ángeles Azules’ recorren 19 kilómetros entre avenidas, parques y demás sectores de la ciudad en la búsqueda constante de habitantes de calle.

Para mejorar la calidad y efectividad del programa, se logró un importante aumento de recursos con el apoyo del Cabildo Distrital,  al pasar de 43 mil millones de pesos en el 2015 a 70 mil millones en el 2017,  un incremento del 62%.

Formación para la inclusión

Más de 860 ciudadanos exhabitantes de calle fueron formados durante el  último año en artes y oficios en temas como carpintería, electricidad, cocina, mantenimiento de bicicletas, construcción, sistemas, inglés, artes visuales, teatro y validación del bachillerato como parte de su proceso para regresar a la sociedad de forma productiva.
 

 
 
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El joyero que terminó en ‘El Bronx’, un exhabitante de calle que va ‘puliendo’ nuevas ‘gemas de esperanza’

foto de persona mayor tocando guitarra

 
Bogotá, 22 de mayo de 2017. Hace ya 40 años, cuando Fabio Rodríguez, aún con sus manos fuertes y rígidas tallaba en un taller una hermosa esmeralda, tan solo pensaba en todo el dinero que podría tener y lo feliz que sería. Pero a veces la vida cambia inesperadamente y consigo trae muchas sorpresas, y para Fabio una nueva historia se empezaba a escribir pero en esta oportunidad muy lejos de las minas de ‘esmeraldas’ en Muzo (Cundinamarca). 

Para esta ocasión, la ciudad capitalina le tenía un destino incierto que lastimosamente y para desgracia propia, se convirtió en un divagar entre la mendicidad, las botellas de alcohol y mucha pero mucha soledad.

La vida para Fabio Rodríguez como buen gemólogo, transcurría en el arte, estudio y pulido de las gemas y piedras preciosas en especial el relacionado con las esmeraldas, todas ellas recogidas en lo más profundo de la tierra, gracias al fuerte trabajo de miles de mineros que pasan su vida entera en la oscuridad al interior de los socavones. “Cuando lograba reunir dinero, pues pagaba mi arriendo y la comida, y de resto tomaba algunos aguardienticos para matar el frío o las penas”, comenta Fabio recordando las épocas de gloria.

Aunque vivía trabajando y gozando de las botellas de licor entre amigos, Fabio aún no se daba cuenta que poco a poco, se iba convirtiendo en un adicto al alcohol y que ya los mínimos ratos lejos de la mina terminaban en borracheras y hasta mendigando en la calles.

“Cuando me di cuenta de la vida que tenía decidí alejarme de todo y buscar un rumbo diferente. Me vine para la capital para tener nuevas cosas y lo logré por un tiempo, pero hoy creo que lo que no pude dejar atrás fue el alcohol y ese sí que me acompañó por más tiempo”, relata Fabio, quien luego de un largo silencio y un fuerte suspiro trata de ocultar la vergüenza que lleva en el alma por no haber puesto fin al licor de una vez por todas.

Dejando sus herramientas y su pasión por las gemas, Fabio llegó a la capital en busca de fortuna y mejores oportunidades. Pero al contrario de lo que imaginaba, el demonio del ‘alcohol’ lo seguía acompañando y al no tener un trabajo estable y la falta de dinero terminó divagando por las calles de la ciudad.

“Tomaba mucho, perdí mi familia hace tiempo por culpa del alcohol. No consumo ninguna droga adicional y me entristece ver los jóvenes que están consumidos por esos vicios que al igual que el mío, cada día nos está matando”, afirma.

Durmiendo en una banca ubicada en Pleno Parque Santander, pasaba las horas, recordando cuando se ‘enguacaba’, como dicen los mineros, es decir, cuando lograba conseguir una buena gema preciosa que al venderla le traería buen dinero. También trae a colación aquellas épocas cuando trabajó muy cerca de su jefe el reconocido ‘Víctor Carranza’ a quien acompañó por mucho tiempo trabajando en sus minas.

“En medio de tantas borracheras, un día hace algunos meses, recibí el saludo de unos jóvenes de chaqueta azul que me invitaron a ir a un lugar en donde no correría peligros en la calle y podría darme la oportunidad de estar de nuevo alejado del vicio, poder tratar de recuperar mi familia y mi vida”, muy contento relata Fabio, quien hoy a sus 68 años cree que la vida puede volver a comenzar.

Ahora Fabio Rodríguez se encuentra en un hogar de paso de la Secretaría de Integración Social. Su abstinencia al licor la va llevando poco a poco con ayuda profesional y mucha voluntad. Aunque no niega el haber tratado de hacer un proceso de recuperación personal y alejarse del vicio hace algún tiempo atrás, pero fueron más fuertes las ganas de seguir tomando ‘trago’ que su propia voluntad que terminó de nuevo frustrado caminando por las calles con botellas en la mano.

Desde que ingresó al servicio ha disfrutado de todas las actividades que se programan a diario en el centro de atención. Ahora se baña muy puntualmente a las cinco de la mañana. Siempre trata de estar elegante utilizando siempre su viejo saco de traje, un pantalón azul oscuro algo desteñido y unos zapatos negros que mantiene muy brillantes.

Con la vieja ‘peineta’ que guarda en un bolsillo de su gabán arregla un poco las desordenas y viejas canas que aún le quedan en su cabeza. “Por mi edad ya no volveré a mi trabajo con las gemas, debido a mi pérdida de visión y a mis manos que cada vez tiemblan más. Pero lucharé hasta el último día por disfrutar los años que me quedan, alejados de ese vicio que acabó con mis sueños, mi familia y las bellas esmeraldas que hacían vibrar este deteriorado corazón”, comenta Fabio Rodríguez muy feliz sonriéndole a la poca pero nueva vida que según él, brilla más que sus propias esmeraldas.
 

 
 
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‘Guardianes ambientales’: familia de exhabitantes de calle que se recupera unida, permanece unida

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Bogotá, 22 de mayo de 2017. Ellos comparten un mismo pasado y un nuevo futuro. Todos tienen además, el mismo objetivo: demostrarle a la vida que sí se puede. Se trata de Héctor Castañeda, Samuel Cañas, Jairo García, Miryam Castro, José Ramírez y Gustavo Zambrano, seis exhabitantes de calle, quienes tras la intervención a ‘El Bronx’, decidieron recuperar sus vidas y sus familias y ahora hacen parte de los ‘guardianes ambientales’.

Los ‘guardianes ambientales’, según contaron, son personas que se encargan de cuidar los espacios públicos, labor que se desarrolla gracias a un convenio que se adelanta con la alcaldía local de Puente Aranda. Dentro del desarrollo de sus actividades, paradójicamente, tienen que levantar ‘cambuches’, los mismos espacios que fueron sus lugares de morada años atrás.

“Nosotros llegamos y limpiamos parques, caños, desarmamos ‘cambuches’ e invitamos, sí se dejan, a nuestros compañeros para que se vinculen a los programas de Integración”, cuenta José, de 41 años, y quien tras dejar ese tétrico lugar no sólo encontró la paz en su vida, también encontró el amor: a Miryam.

Miryam, por su parte, tiene 31 años, y aunque llegó a las calles por problemas familiares y de consumo de alcohol, tiene claro que no quiere regresar nunca a una ‘olla’. “Me siento agradecida con Dios y fortalecida. A futuro quiero recuperar mi hija y tener mi almacén de veterinaria”, cuenta emocionada. Ama los animales.
 
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Para Jairo, de 59 años, lo más importante del apoyo que le dan a sus compañeros, cuando se los encuentran en los caños de Puente Aranda. “La intervención es muy humana, sociable y de buena manera. Nosotros pasamos por allí, sabemos qué se siente y solo queremos brindarles una mano amiga”, asegura García, quien después de ser empresario, tener un taxi y varias casas, perdió todo, incluida su familia, por un ‘mal manejo de emociones’, como él mismo lo define.

Gustavo, Samuel y Héctor, además, se sienten muy fortalecidos en el proceso, pero les inquieta que no haya oportunidades laborales cuando terminen de recuperarse.

“Es bueno, sentirnos útil, agradecidos con Dios por la oportunidad. Es hora de que tengamos nuestra propia empresa de reeducados, y así uno tiene mayor motivación de salir adelante, que tengamos algo que hacer es clave para continuar bien”, corean, casi al unísono los tres. A sus edades, 59, 41 y 59 no es fácil encontrar un trabajo estable, sin embargo, están seguros que con las herramientas adquiridas en su recuperación, será más fácil.

Falta mes y medio para terminar su trabajo. Todos los días salen uniformados, muy a las 7 de la mañana, con overol, guantes y botas, y como si fuera el colegio, se montan a la ruta que los llevará a su destino. Regresan al mediodía a almorzar, felices. Sentirse importantes les da confianza en sí mismos.

Antes de partir hacia Puente Aranda se les indaga por un mensaje para sus compañeros. No es necesario segregar por autores, el mensaje, casi siempre, es el mismo.

“Muchachos, los animamos para que vengan a los centros de integración social, y vean que sí se puede, para adelante. Muchachos no le tengan miedo a nada, en los centros le ayudamos a todo. Por favor intégrense a los programas. Los invitamos para que hagan nuestra balanza de libertad...”, suenan al instante los mensajes, ellos son el mejor ejemplo de que sí se puede.
 

 
 
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Sandra, exhabitante de calle que se recuperó y ahora quiere salvar a su hija de la droga

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Bogotá, mayo 19 de 2017. La razón más grande para que Sandra Gil dejara las calles, tras la intervención de El Bronx, fue recuperar a su hija, de 18 años, quien deambula por un caño del barrio Galán. Sí, su retoño ahora es habitante de la calle como lo fue ella. 
 
La abandonó muy pequeña, de 9 meses, eso fue hace 17 años en la casa de su mamá. Ahora, cuando estudia para terminar su bachillerato y cursar Trabajo Social en la universidad, Sandra, de 37 años, tiene claro que la única forma de recuperarla es dándole ejemplo.

“La chiquita tiene 18 años y está en las calles. Me han dicho, porque no la conozco. No sé cómo es. Me dijeron que deambula por un caño en la tercera. Quiero buscarla cuando esté como quiero estar, bien” dice Sandra entre lamentos.

“A veces me siento débil y siento que aún no es el momento. Quiero mostrarle a la gente y a ella que yo sí pude salir de la calle y de la droga. El mejor ejemplo soy yo. Quiero mostrarle que sí se puede. Pude estudiar y lo estoy haciendo porque quiero que ella esté bien”, asegura afectada.

Le duele pensar en ella y los años que perdió por estar en la calle. Quiere enmendar su error y va por buen camino.

No fue fácil. Sandra, como muchos habitantes de la calle, encontró en ‘El Bronx’, su segundo hogar. Allí tuvo su ‘bareque’ donde vendía marihuana y pepas. Empezó muy joven, a los 20 años, 8 meses después de dejarle a sus dos hijas a su mamá, quien pensaba que Sandra después de ese día había muerto.

“Lo más lindo fue volver a ver a mi mamá y a mi hija mayor. Fue muy lindo saber que mi hija fue a buscarme y abrazarme. Eso es una alegría muy grande. Llevaba como mes y medio de recuperación y la llamé porque siempre me supe el teléfono de la casa. Mi mamá me dijo, ‘¿mija cómo está?, yo pensaba que sumercé estaba muerta, qué rico saber de usted’.
 
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A la semana siguiente mi familia llegó al centro de atención a visitarme. Primero fue mi mamá, luego mi hija. Fue bonito, me abrazaron. Mi hija mayor es enfermera, es una niña muy inteligente, madura, centrada en lo que está haciendo”, cuenta Sandra con esperanza y orgullo.

Es consciente que dejar las calles y el consumo es difícil. Sin embargo, tiene claro cuál es su futuro y lo que quiere hacer en la vida. “Esto es difícil, pero la calle es mucho más difícil de vivir. Me queda poco tiempo para salir pero estoy esperando terminar mi bachillerato, presentar el ICFES en agosto.

Está haciendo décimo y once y su meta es terminar y meterme a la universidad, quiero estudiar trabajo social para ayudar a mis compañeros y ayudar a mi hija, quien sé que está en la calle y quiero estar lo más fuerte para ser fuerte por ella y para ella”, sentencia con firmeza.

Llegó a ‘El Bronx’ como muchos, por las malas amistades. Era una mujer con una vida tranquila y normal, trabajadora del sur de la ciudad. Laboraba en un almacén y luego de una fiesta conoció el famoso ‘carro’, la pipa del infierno.

“Tuve a mis dos niñas y a los 8 meses conocí el ‘bazuco’. Salí a bailar con los amigos del almacén, me junté con unas amistades, me presentaron el dichoso ‘carro’ y ahí me quedé. Ya había conocido el ‘bazuco’ cuatro años antes en ‘pistolo’ y no me gustó, pero con la pipa sí. Me interné en ‘gancho azul’ como 3 años. Conocí como un señor que era un papá para mí. Me ayudó mucho, me ponía a dormir pagando pieza. Era consumidor pero de los limpios, de los que salen organizaditos. Mantuvimos el ‘bareque’, vendíamos, marihuana, pepas, de todo. Llegaba la gente a consumir, y usted sabe que eso es normal allá, en esa época. Estuve en ‘Cinco Huecos’. Es que eso para qué hablarlo, son cosas que es mejor no recordar”, finaliza entre suspiros.

Sandra ya no quiere tener recuerdos oscuros. Solo hablar de proyectos, de sus planes a futuro y sobre todo de encontrar en algún lugar de Bogotá a su hija menor y poder convencerla y sacarla del infierno y de la droga, así como ella un día salió cuando en la madrugada del 29 de mayo las autoridades al mando del alcalde Enrique Peñalosa le pusieron fin a la Calle de El Bronx, denominada, la república independiente del crimen.
 

 
 
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Doña Amparo, la señora que gracias al fin de ‘El Bronx’, superó medio siglo de vida en las calles

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Bogotá, mayo 17 de 2017. Sin familia, porque les perdió cualquier rastro, sin hija, porque no quiere saber de ella y sin pasado; porque ella no quiere saber de él, Amparo López García empezó de nuevo a la edad en la que cualquier ser humano quisiera, al contrario, terminar de vivir.

Tiene 59 años. Una voluntad de hierro y una decisión más firme que un roble. Pasó 47 años en las calles, sí, casi medio siglo, y sin embargo hoy está segura que nació de nuevo y que la vida le dio una oportunidad. Hace menos de un mes sufrió una trombosis y se aferra con fuerza a la vida. Sabe que cada segundo es una luz.

“Llegué el 14 de diciembre a ‘El Camino’ (centro de Integración Social). Vengo de ‘La Luz’ donde hice un proceso de 6 meses, pero por cuestión de salud me dieron una prórroga en mi recuperación. Me dio una trombosis y ya me estoy mejorando. Estoy en tratamiento y me tienen que hacer varios exámenes”, asegura Doña Amparo, quien es consciente que parte de su actual padecimiento es por su maltrecho pasado.

“Llevaba más de 40 años en las calles. Estuve en el ‘San Bernardo’, en ‘El Cartucho’, en ‘El Bronx’; cuatro décadas de una vida oscura. Vi todo tipo de actos inhumanos y horribles. Sobre todo en ‘El Cartucho’”, recuerda sonriendo, siempre sonriendo, sonríe desde el primer día que decidió dejar las calles.

“Lo más feo fue ver la muerte de un compañero y no poder hacer nada. Ver la maldad. Ver cómo la gente cometía barbaries contra la gente. Vi desmembramientos y muchas, veces, solo por estar cerca porque si uno se movía lo mataban, me decían: ‘vaya y lleve esta bolsa a la basura por una ‘bicha’’. Sabía que era, pero si uno decía que no, también llevaba”, recuerda.

No le gusta evocar momentos de esas épocas. Se acuerda todavía del día de la intervención de ‘El Bronx’, pero de ese hecho específico porque ese día su vida cambio. Estaba, como miles de sus ‘compañeros’, como los ‘llama’, sucia y confundida.
 
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“Siempre nos avisaban de los operativos para estar pendientes. Esa noche nos acostamos común y corriente. No amanecí consumiendo como otros días. Estaba amaneciendo y estaba dormida. Me golpearon en la puerta y me dijeron: ‘¡Amparo, Amparo, hay un operativo!’, cuando abrí los ojos no había nadie, solo vi la ‘ley’. Tenía un perrito porque yo dormía en un ‘cambuche’ y cuando volteé a mirar no vi el perrito, lo ahuyentaron los gases. Solo veía un compañero que estaba al lado todo ‘paniquiado’ al lado. Le pregunté: ¿parcero qué pasó?, y me dijo: ‘¡Amparo, se metieron!’, entonces me coloqué una cobija, me abrigué y salí corriendo hacia una esquina. De allí me enviaron al CAT (Centro de Atención Transitoria)”, cuenta.

“Llegamos ahí al CAT, en el cual nos acogieron muy bien. La atención fue excelente. Nos sentíamos como en otro lugar, no con esa cuestión de la gente, el vicio y la calle. Estuve allí 3 meses poniendo de mi parte porque no quería saber nada más de vicio, asistiendo a los talleres y cumpliendo. Antes había intentado salirme de las calles, pero me había compenetrado tanto que eso parecía una ‘chupa’ que no me dejaba salir. Estaba aburrida de tanto consumo y tanta humillación, maltrato físico y moral. Yo llegué a la calle a los 12 años por saber qué experimentaba al consumir. Nací en el ‘San Bernardo’, una zona de tolerancia y de riesgo donde allí se comenzó a mover todo lo de la droga”, sentencia. No cierra los ojos, le gusta mirar hacia el cielo, donde tiene puestas todas sus esperanzas.

Sabe que no es sencillo empezar de nuevo a su edad, No le importa. “Para mí no hay nada difícil ni imposible porque en el momento que yo pisé las puertas del CAT y nos estudiaron los perfiles para ir a La Luz, al momento que puse el pie dije: ‘volví a nacer’ y todo aquello se me olvidó, volví a nacer y ahora soy otra persona”.

Actualmente doña Amparo está trabajando con un importante periódico repartiendo volantes. Lleva apenas una semana, pero con ese corto tiempo ya se siente importante. Esa sensación la embarga cada segundo y la motiva a cosas tan sencillas, como mejorar su forma de comunicarse.

“Me siento útil. Lo más bonito es interactuar con la gente, saber el léxico para así mismo transmitirles la información. Esa es la intención, hacer conexión con los de afuera. Lo más rico es sentirse gente, sentirse uno lo que es realmente, una persona íntegra para la sociedad con sus cualidades”, cuenta y toma una pausa. Hay algo, que aunque no la amilana, si la entristece.

“Tengo una hija pero no quiere saber nada de mí. De La Luz, llamaron a la casa de ella, pero les dijo que no quería verme. Trabaja con la Policía. La entiendo, aunque confieso que me gustaría abrazarla y que viera que estoy bien. De mi familia perdí el rastro, tengo los nombres, pero no sé nada de ellos”, dice. Se queda callada. Ese sería otro regalo de la vida. Verlos de nuevo.

Le quedan pocos días para salir de nuevo a las calles, pero esta vez como un ciudadano cualquiera. Todo depende de su salud. Sin embargo, sean los años que sean, sabe que vivirá para demostrarse a sí misma, que sí se pudo.
 
 

 
 
 
 
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Constanza, una vida compartida entre ser madre y un ‘ángel de la calle’.

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Bogotá, mayo 11 de 2017. Han pasado ya 348 días luego de la intervención que el Distrito adelantó a la aterradora zona del ‘Bronx’. Las cientos y cientos de personas víctimas del flagelo del microtráfico, la delincuencia, el abuso sexual de menores, la trata de personas y hasta el secuestro, asesinato y desmembración de seres humanos, hoy tratan de cambiar la última y muy oscura página de un libro de historias que muy pocos creían tener fin.

El rescate de menores de edad en manos de la delincuencia, la atención prioritaria a más de 2.050 hombres y mujeres de todas las edades habitantes de calle que fueron trasladados a los Centros de Atención Integral, y la reestructuración de un sector agobiado por muchos años por los vándalos y ´pillos’; han sido el resultado de esta intervención.

Aunque para muchas personas del común, estas acciones no los molestaron o incomodaron en su cotidianidad, para cientos de ‘Ángeles de la Calle’ que a diario desempeñan sus labores en la atención a las personas de esta población, estos fueron tiempos de nostalgia, tiempos de historias emocionantes, sentimentales y difíciles de olvidar, muchas horas de trabajo y ante todo mucho tiempo de dedicación y entrega.

Este también es el caso de los líderes de los Centros de Atención de los Hogares de Paso, Centros Transitorios y Comunidades de Vida, que vivieron hora tras hora, las miles de situaciones presentadas y coordinaron cientos de personas que apoyaron hasta altas horas de la madrugada cada labor.

Constanza Mejía, es líder de un hogar de paso de la Secretaría de Integración Social (SDIS). Lleva 14 años entregando, ‘vida, alma y corazón’, (como ella misma y con mucho orgullo lo comenta) en la atención de habitantes de calle. Y aunque ha tenido que sobrellevar “sustos, amenazas, insultos y muchas trasnochadas”, nunca ha desistido de dar un paso al lado y retirarse de esta labor.

Cuando estudiaba ‘Terapia Psicosocial’ en la universidad ‘Antonio Nariño’, trataba de imaginar una opción de empleo que le brindará no solo la oportunidad de poder ejercer su profesión. Según ella, también quería un trabajo con algo de ‘adrenalina’, muchas enseñanzas y poder hacer de cada día una gran labor social por la comunidad. Lo que nunca imaginó, tiempo después, fue dedicarse a la hermosa labor de ofrecer una mano amiga a las tantas personas que por huir a sus problemas personales o simplemente que por ‘probar’ una nueva aventura se quedaron definitivamente en las calles mendigando o consumidas por el vicio.

Con su gran amor de la vida, su esposo, quién la acompaña ya hace 21 años de casada, comparte no solo el afecto y el amor de pareja. Por cosas que solo Dios sabe, según comenta ella, su compañero fiel también es apasionado por la labor social y especialmente en la atención de habitantes de calle. “ Cuando vivíamos en el barrio, él siempre me buscaba, me hablaba, pero yo a veces ni le ponía atención, lo mío era la universidad y otras cosas, pero luego encontré en él muchas cosas que me hicieron ‘vibrar’ y que hoy luego de tantos años sigo sintiendo”, afirma Constanza muy emocionada al hablar de su pareja. Producto de esa gran relación sentimental, actualmente los acompañan dos hijos mayores de edad, que al igual que sus padres, también se enfocaron en temas con la comunidad y actualmente cursan diferentes semestres en carreras sociales.

Muchas lágrimas de impotencia, alegría y emociones

Gracias a su desempeño, responsabilidad y disciplina, Constanza ha sido asignada en diferentes oportunidades como líder en cada uno de los Centros de Atención Integral de la SDIS. Esa labor le dejó miles de enseñanzas, anécdotas y buenas amistades. Uno de los peores momentos en la vida de Constanza Mejía, cumpliendo con su labor en el equipo de ‘Contacto Activo’, fue afrontar la pérdida de un compañero de trabajo. “Fue muy duro trabajar por esos días en la calle. El sinsabor que nos había dejado la pérdida de nuestro amigo fue difícil de aceptar, estábamos muy molestos”, comenta.

“Otra de las situaciones que tuve que afrontar y que por fortuna no me pasó nada, fue cuando un habitante de calle se encontraba muy eufórico y exaltado bajo los efectos de alucinógenos. Al acercarme para dialogar con él, de repente sacó un machete y se abalanzó hacia mí para agredirme. Los compañeros que estaban muy cerca me ayudaron a controlarlo y gracias a Dios no nos pasó nada. Ese día sí que tuve mucho miedo y pensé varias veces en mi esposo y mis hijos”, recuerda Constanza.

Aunque para muchos ser líder es solo ordenar y mandar, Constanza piensa todo lo contrario. “La responsabilidad no solo está en la gente que tienes a tu cargo, también está en coordinar y actuar inmediatamente, responder de manera clara y con soluciones a todas las situaciones que se presentan en los centros de atención. La ayuda que le demos a nuestros habitantes de calle es primordial y no puede tener dudas o algún obstáculo por parte de nuestros servidores”, menciona.

Durante la intervención en ‘Él Bronx’, Constanza se encontraba en uno de los hogares de paso en donde se atendió a la gran mayoría de habitantes de calle que aceptaron su traslado a estos lugares. Durante los días siguientes de la intervención, sus horarios de trabajo que empezaban a las cuatro de la mañana y hasta las doce de la noche, fueron la constante en su trabajo. ” Por esos días, cumpliendo firmemente con mi labor, tuve que ausentarme varias veces de la compañía de mi familia. A mis hijos poco los veía. Ellos tenían mucho miedo de lo que pasaba. Cuando llegaba a media noche al hogar, las lágrimas en mis ojos brotaban fácilmente, no es fácil ver tanta gente que a diario está destruyendo su vida con la porquería de droga que consumen. Con mi esposo, quién también trabaja con esta población, teníamos horarios diferentes y poco nos veíamos. Ahora pienso que él sí que tuvo que afrontar con corazón fuerte mis ausencias en el hogar”, menciona Constanza quien por un momento se toma un nuevo aire para continuar la narración.

Cuando Constanza recuerda las situaciones vividas durante esos días de la intervención, no oculta su posición positiva al acabar con la zona del ‘Bronx’, ella afirma que para todos los compañeros que trabajan en hogares y en calle, ese sector les marcó la vida, ya que a diario tenía que vivir y afrontar tantas situaciones de personas de todas las edades. “A veces sentíamos impotencia de no poder hacer mucho por tanta gente, y no era porque no queríamos sino porque en ese lugar la gente inescrupulosa y malvada no nos permitían ingresar al sitio para llevar nuestra ayuda”, reitera.

Sus casi 14 años trabajando con habitantes de calle, le ha dado otra perspectiva sobre el actual fenómeno de habitabilidad en calle. Los tiempos, las costumbres, la sociedad y hasta las ‘diabólicas drogas’ tuvieron cambios contundentes. “Antes tu veías personas que debido a la no resiliencia (problemáticas personales o situaciones traumáticas), terminaban en la calle huyendo a sus miedos y consumendo algún tipo de alucinógenos.

Hoy la gente ha cambiado. Muchos niños y niñas por aventurar terminan consumidos en la droga. Los expendios de ‘bichas’ están a la vuelta de la esquina, en la puerta del colegio o vivienda. Los mismos traficantes producen drogas con componentes químicos que generan en las personas daños irreparables así dejen la calle y el consumo”, comenta.

Constanza Mejía sigue actualmente el liderazgo en otro Hogar de Paso para habitantes de calle. Ella agradece mil veces el fin de ‘El Bronx’ y el comienzo de nuevos horizontes para ésta población. Agradece la confianza y apoyo de sus jefes inmediatos. Resalta la gran labor que realizan sus colegas líderes y las casi 550 personas que trabajan con habitantes de calle.

En los tiempos libres, que son muy pocos, los aprovecha para cuidar a sus hijos, tanto en el rol como madre y como consejera para los futuros profesionales en el campo social. Cuando puede no rechaza ninguna invitación a cenar o ir a cine de su esposo, a quien ama demasiado y vive enamorada como la primera vez que lo vio. Piensa que a pesar de su vida privada, estar comprometida con la atención de los habitantes de calle es también lo mejor que hace en la vida y por eso comparte la misma pasión.


 
 
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Ángelo, el ‘elegido’ que pasó de la muerte, ‘El Bronx’ y la drogadicción a los brazos de su madre

Ángelo, el ‘elegido’

 
Bogotá, mayo 10 de 2017. Ángelo cree que es un elegido. Es más, no lo cree, está seguro. Prueba de ello son los cerca de 90 puntos que tiene en su estómago, luego de recibir un tiro de ‘changón’. Prueba de ello es sobrevivir tras 4 meses en cuidados intensivos. Prueba de ellos es reencontrarse con su mamá, 26 años después de salir corriendo por las polvorosas calles de Cúcuta.

Ángelo Ómar Hincapié tiene 34 años, Un cuerpo menudo y unas piernas extremadamente delgadas, producto de la inmovilidad de las mismas desde los 20 años a raíz del impacto de fuego que casi le parte la columna en dos pedazos. Por el contrario, sus brazos son fuertes y gruesos y sus manos ásperas. Ellas son las que le dan impulso a la silla en la que se moviliza hace más de una década.

Ángelo, el ‘elegido’, aún recuerda como si fuera ayer cuando siendo apenas un niño escapó de su casa. Lo hizo, como muchos menores de edad, porque era agredido físicamente. “Llegué a las calles a los 8 años porque mi papá me maltrataba mucho, me pegaba. Decidí irme de la casa y no volver nunca más y hace más de 20 años que no sabía nada de mi madre, no sabía si ella vivía o no, ni ella tampoco sabía nada de mí, ella creía que yo estaba muerto”, recuerda, mientras hurga sus ojos. No le pican, no quiere que lo vean llorar.

“Era muy niño cuando llegué a las calles. Me vine para Bucaramanga, de ahí pasé a Santa Marta y de ahí para Bogotá y caí en las drogas. Llegué colándome en las tractomulas de carbón, en los camiones cementeros. Y apenas estaba en la capital comencé a consumir, al poco tiempo ya estaba robando. Mis días eran muy difíciles. A veces contento, a veces muy triste porque no tenía dónde bañarme, mendigando un plato de comida, estaba ciego, vendado por la drogadicción”, asegura, mientras organiza sus ideas, que sin importar cuál sea su rumbo, siempre terminan con la noche del accidente que le cambió la vida.

“Comencé a robar y a los 20 años me pegaron un tiro. Eso fue en el centro. Estaba robando y me cogí una cartera. Cuando iba caminando, a unas cuadras del lugar, en el centro, un celador me alcanzó y me dijo: ‘chino entregue lo que se robó’, y empecé a responderle que nada, que yo no tenía nada. Seguí caminando y el celador, que iba en cicla, se fue, le dio la vuelta a la cuadra y se me paró de frente y volvió y me dijo: ‘chino, entregue lo que se robó’ y ahí yo ya me puse grosero y le respondí: ‘qué, h#&* gon… si yo no me he robado nada’, entonces el celador se paró como de medio lado sobre la cicla y de un momento a otro sonó un disparo duro. Quedé sobre el suelo, con los brazos abiertos, boca arriba. Sólo recuerdo a varias personas diciéndome, ‘tranquilo pelao, aguante que ya llamamos ayuda’. Me salvó que tenía una botella de ‘chorro’ y por eso no me rompió la columna por la mitad, porque si no estaría muerto”, sentencia. Y no se equivoca. Después de ese episodio duró cuatro meses en cuidados intensivos. Su vida era considerada un milagro. Así se lo dijeron varias veces los médicos. Y ahora, cuando el ‘elegido’ mira su pasado, y su presente, sabe que es así.

Lleva más de 8 meses sin consumir. 14 en proceso de recuperación y está convencido que es una nueva persona. Se reencontró con su mamá, a quién no veía desde los 8 años, y espera terminar su proceso para viajar a Cúcuta donde va a estar con ella para nunca más irse de su lado. Cuando la vio de nuevo, hace dos meses, ella no lo reconoció, solo cuando lo abrazó supo que era su hijo. Duraron minutos en ese abrazo, segundos eternos de tantos años perdidos.

No ha sido fácil. Confiesa que la ansiedad lo perturba e incluso en las noches en vela piensa en sus compañeros que aún están en la calle. Ahora, que se percibe de forma diferente, no concibe como alguien puede vivir en ese mundo.

“Ellos eran mi familia, los ‘parches’ que uno habitaba, los compañeros de la calle. Es muy triste dejarlos porque o uno ha convivido con ellos toda la vida y para uno esa era su familia. Me gustaría decirles que sí se puede, que le pongan ánimo y voluntad, que si yo pude por qué no ellos. La vida es muy linda sin drogas. Para mí fue difícil pero desde que entré al hogar de Integración Social le puse empeño. Claro uno no todos los días tiene la misma fuerza, pero esa la da el de arriba”, asevera mientras sonríe pensando cómo será su futuro y mira hacia el cielo. Siente una extraña conexión cada vez que lo hace.

Planea llegar a Cúcuta donde la mamá y conseguir un ‘plante’ para poner un kiosco de dulces y así colaborar en su casa. Su familia es muy humilde y él quiere ayudarles con el sustento. En pocos días viajará a esa ciudad en avión. Se emociona cuando lo piensa, las veces que ‘voló’ lo hizo por nubes de bazuco y marihuana. Ahora volará de verdad, y por primera vez, para empezar de cero. “Apenas vea a mi mamá la voy a abrazar más y a pedirle perdón por todo lo malo que hice. No quiero nunca más estar lejos de ella”, finaliza Ángelo, el ‘elegido’ y a quien Dios le dio otra oportunidad.
 

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‘Ángeles de la Calle’, héroes que también rescatan vidas ‘bajo techo’

rescatan vidas ‘bajo techo’

 
Bogotá, mayo 9 de 2017. A los ‘Ángeles de la Calle’ no solo los verás recorriendo, parques, andenes, caños y demás rincones de la ciudad. También están las 24 horas del día al interior de los Centros de Atención para habitantes de calle de la Secretaría de Integración Social. Son casi omnipresentes. Donde haya un habitante de calle, ahí están o llegarán para ofrecerles ayuda.
 
La labor primordial de los cerca de 400 funcionarios en los centros de atención integral es brindar ese apoyo a los habitantes de calle que aceptan vincularse a estos hogares, buscando ayuda para superar su habitabilidad en calle, minimizando el consumo de drogas y así recuperar de nuevos sus vidas, familias y hogares.
 
Las labores en la ‘Casa’, inician todos los días a la madrugada. Entre profesionales y promotores se realiza la coordinación de las tareas como: fomentar y salvaguardar el orden y las normas en la casa, seguimiento al aseo personal de los habitantes de calle, cuidado y aseo del hogar. La entrega de alimentos, los tendidos de las camas, la limpieza de la ropa sucia y hasta los seguimientos a citas y controles médicos, o encuentros familiares que puedan tener los huéspedes; entre otras actividades. 
 
Sandra Patricia Rodríguez es un ‘Ángel de la Calle’. Actualmente desarrolla actividades de coordinación general en el Centro de Atención Transitorio, el cual tiene a su cargo un servicio para más de 300 habitantes de calle.
 
Ella tiene dos hijos, todos mayores de edad los cuales muy poco ve a la semana; pero día a día recibe de ellos el apoyo por la labor realizada. “Mis pequeños se sienten muy orgullosos de mí, siempre me dicen que mi trabajo es muy duro, que no todas las personas tienen ese corazón tan grande para ayudar a los habitantes de calle”, comenta Sandra que por un momento y con una sonrisa en su boca recuerda a sus hijos con mucho cariño.
 
Con libreta en mano, Sandra Patricia toma nota de las tareas del hogar. Su experiencia como madre cabeza de hogar también le ayuda a tomar las riendas de la ‘Casa’ ya que en muchos casos los participantes se pueden comportar mal o desobedecer las normas.
 
Tiene a cargo más de 50 profesionales y promotores, a quienes debe asignar tareas, programar talleres, actividades pedagógicas. También escucha a los exhabitantes de calle cuando tienen dudas del servicio, desean solicitar algo o simplemente se acercan para agradecerle por la atención que reciben.
 
Sandra, aunque tuvo que soportar una separación con su esposo hace algunos años, al mismo tiempo que ejercía sus labores diarias en las calles con los habitantes de calle, siempre estuvo firme en su trabajo. Más que su propia situación personal, era poder llevar una sonrisa, cariño y una mano amiga a estas personas que también lo necesitan.
 
“Como todas las personas, los profesionales, promotores y líderes tienen sus familias, sus hijos, sus obligaciones y sus problemas. Pero es de admirar como cuando llegan a sus trabajos, lo dejan todo afuera y al cruzar la puerta entregan todo de sí, aportando una ‘granito de arena’ en la recuperación de los habitantes de calle”, comenta. 
 
Recordando historias y anécdota 
 
Sandra Patricia, a sus 46 años de edad, lleva diez trabajando en pro de la atención de habitantes de calle. Nunca llega tarde a su trabajo, considera que es muy importante ser puntual en su jornada ya que la atención no puede esperar. Su experiencia en la Secretaría de Integración Social, la ha desarrollado tanto en los hogares de paso como en ‘Contacto Activo’, este último relacionado con aquellos que ofrecen los servicios en la calle.
 
Recuerda muchos rostros de exhabitantes de calle cuando por primera vez les ofreció ayuda y hoy gracias a eso, muchos de ellos ya se encuentran compartiendo con sus familias y disfrutando de un trabajo o un estudio. “Había un caso de un hombre habitante de calle que años atrás había ayudado. Él estaba tirado debajo de un puente en muy malas condicione. Era mi labor tratar de cambiar su vida y convencerlo para que se fuera con nosotros a un hogar de paso. Imagínese que el aceptó y después de mucho tiempo me lo encontré hace poco trabajando en un hospital y al verme me reconoció y agradeció”, sentencia Sandra, quien no oculta la emoción que le dio el remembrar ésta anécdota.
 
En los centros de atención para habitantes de calle, no solo se brindan servicios integrales para la recuperación de hábitos personales como: volverse a bañar, comer nutricional y adecuadamente y descansar en una cama cómoda luego de mucho tiempo estar durmiendo en el piso. Estos ‘Ángeles de la Calle’, en los hogares de paso, son personas que gestionan y organizan miles de actividades para los habitantes de calle.  Con su ayuda logran visitar museos, participar en foros, exposiciones culturales, teatro, cine entre otras acciones.
 
“El proceso de adaptación social y laboral de los habitantes de calle no es fácil y para ello se requieren de muchas herramientas. Acompañar sus ‘duelos personales y emocionales’, recuperar la confianza en sí mismo, superar sus miedos, prevenir las posibles recaídas hacia el consumo de drogas y hasta lograr la recuperación de la familia, son muchas de las grandes labores que con afecto y cariño tratamos de lograr a diario”, menciona Sandra, resumiendo un poco las muchas tareas que realizan estos ‘ángeles’.
 
En la intervención de ‘El Bronx’, hace ya un año, se atendieron a más de 2.050 personas, que recibieron servicios integrales. Algunos de ellos incluso no conocían los centros de atención del Distrito, ya que poco veían la luz fuera de esta tétrica calle.
 
Sandra Patricia, así como cientos de profesionales y promotores, acompañó durante casi tres meses a los habitantes de calle en la intervención Distrital. Para ella, acabar con la ‘olla del Bronx’, era algo urgente que tenía que suceder. “Cada día lastimosamente veíamos niños y niñas andar por ese lugar, ingresaban a ‘El Bronx’ y no sabíamos cómo podrían terminar, ¡creo que muy mal! Pero ahí estábamos nosotros, tratando en todo momento de rescatar todas esas personas de las garras del demonio”. Comenta la funcionaria.
 
Ahora Sandra, solo desea que día a día muchas personas que habitan la calle sigan acudiendo a los centros de atención integral. Ella apoya a los nuevos promotores y profesionales que apenas inician su carrera como ‘Ángeles de la Calle’. Está segura que cada día serán menos habitantes de calle para recuperar, porque sueña en que las personas cada vez tratarán de no caer en esos ‘demonios’ que en algunos momentos se aparecen en la vida.
 
Aunque muchas veces no los veas, ahí están los ‘Ángeles de la Calle’, muchos de ellos estarán listos en los centros de atención integral de la Secretaría de Integración Social, esperando para apoyar a los habitantes de calle que deseen de nuevo, ‘volver a empezar’. 
 

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‘Mami, si se acaba ‘El Bronx’, dejo de meter vicio’, vaticinio de una promesa cumplida

si se acaba ‘El Bronx'

 
Bogotá, mayo 8 de 2017. “Le prometí a mi madre que el día que se acabara la olla de ‘El Bronx’, ese día dejaría la droga”. Como si fuera una premonición, 8 años atrás Harold Seidel Quintero, un joven consumido por el vicio, de la manera más irónica y grosera le juraba a su progenitora en el momento en que ella le rogaba, en toda la esquina de la ‘olla’ más ‘brava’ del centro, que regresara a su hogar.

Ésta, es la historia de Harold, un exhabitante de calle que se encuentra en proceso de recuperación en uno de los centros de atención de la Secretaría de Integración Social. Desde muy niño decidió cambiar los colores y cuadernos que lo acompañaban para ir a la escuela, por unos cuantas aventuras: robando en las calles, rompiendo vidrios de los carros y aprovechando un buen ‘raponazo de celular’ para obtener dinero y sentirse con algo de poder.

A esa corta edad, la vida en la calle se convirtió en una carrera de supervivencia sin una meta ni un final cercano. Entre la droga, la plata, el ‘confort’ que, según él, se podía dar, duró muchos años divagando. Permanecía de esquina en esquina y en una ocasión con otros habitantes de calle escuchó sobre el denominado ‘Bronx’; “un lugar en donde se conseguía fácil la droga, no existía autoridad ni restricciones y allí podían vender todo lo que conseguían en la calle” comenta, recordando sus andanzas por esos lugares.

Con tanta curiosidad, Harold llegó a ‘El Bronx’ y a partir de ese día aparecieron muchos problemas con terribles consecuencias. Allí empezó a consumirse aún más por el ‘bazuco’. “Cuando fumaba, me daba mucho miedo, pensaba que todos los que existían a mi alrededor eran malvados y me querían delatar por lo que yo robaba. A veces hasta el mal olor de las demás personas me incomodaba”, asegura Harold, quien quien reconoce que a pesar de su vida en la calle, trataba siempre de darse una ducha fría lo más seguido posible y evitar estar muy sucio.

En la ‘olla’, estuvo rodeado de personas reconocidas como los ‘Sayayines’, ‘Campaneros’ y ‘Taquilleros’. El dinero fácil con la venta de droga era el mejor negocio. Fue tanta su ambición y codicia que un día aprovechando el descuido de uno de sus ‘patrones’ se llevó un bolso lleno de dinero y droga. “No imaginaba que después de eso, se me vendría el mundo encima cada vez más”, recuerda lanzando una mirada al horizonte. Un cielo nublado, le ayuda a despejar la mente.

Y no fue para menos. Luego de ese hurto, fue abordado a las pocas horas por tres ‘Sayas’, quienes lo agarraron de la cabeza y brazos y con golpes, patadas e insultos se lo llevaron arrastrado por la calle, mostrándole a todos los presentes lo que le pasaría a alguien que robara adentro de ‘El Bronx’. “Me llevaron a un edificio muy cerca de ‘Mosco’. (Una taquilla de venta de droga). Allí llegó el ‘Patrón’ con otra gente y me dijo que por qué lo había robado. Negaba todo para salvarme, pero lo que yo no sabía es que ellos tenían conocimiento de todo”, sentencia.

“Luego de mucha tortura, puños y demás humillaciones, uno de los ‘Sayas’ me cogió de las manos, se acercó y me gritó en la cara: ‘esto es para que aprenda pelado’, luego, llegó otro hombre con unas pinzas y sin mediar palabra alguna cogió mi dedo meñique de la mano derecha y me lo empezó a destrozar hasta que finalmente lo arrancó de mi mano. Otro ‘Saya’ me pegaba en la cabeza y en un momento en donde ya me sentía muy débil me cortaron la cara y parte de mi oreja”, describe Harold, mirando tristemente por un momento su mano derecha, en la cual perdió la movilidad en sus tres dedos y parte de la muñeca.

A pesar del monstruoso castigo, Harold le había demostrado al ‘patrón’ algo de valentía, que para ellos era muy importante a la hora de reclutar jóvenes para delinquir, mantener la seguridad en la ‘olla’ y hasta vender droga en otras sucursales como ellos mismos mencionaban. Aunque seguía metiéndose más en el vicio, esta desafortunada situación le brindó garantías a Harold para continuar con un buen respaldo al interior de ‘El Bronx’.

Sorpresivo reencuentro

Pasó mucho tiempo desde ese trágico día. Harold, con más madurez, pero consumido en el vicio, seguía en la ‘olla’. A sus casi 34 años, recordaba muy poco a su familia. Su madre, quien intento muchas veces rescatarlo de las puertas del infierno de ‘El Bronx’, nunca pudo contra tanta maldad. El tiempo lo consumía poco a poco. Las promesas que una vez le hizo a su madre, quedaban en el rezago.

“Ya estaba cansado de tanta mala vida, siempre entendí que lo que me pasó en mi cara y mi mano, fue también un castigo por tanto daño del que le hice a las personas”, dice Harold recordando como su vida por mucho tiempo se fue perdiendo.

El día de la intervención en ‘El Bronx’, vivía cómodamente cerca de la taquilla de ‘Mosco’. Compartía una pieza con una novia del momento. “Esa mañana un estruendo se escuchó, ya había rumores que la Policía nos iba a caer, me puse nervioso. Rápidamente me levanté de la cama, cogí mis cosas y salí corriendo entre tanta gente. Mientras iba pasando observaba como todo quedaba en ruinas, las taquillas, las mesas de venta y comida, todo era destrucción”, asevera.

Y agrega: “me la pase varios días por la calle, fuera de ‘El Bronx’. En esos días nos ofrecían ‘bichas’ a cambio de hacer desórdenes en varios sectores y destruir cosas, pero la verdad, no quería más problemas. Creo que tenía que empezar a cumplirle la promesa a mi madre, la cual ni sabía, si aún estuviera viva”, narra Harold, en medio de un silencio por unos minutos y algunas lágrimas en sus ojos.

Mientras que caminaba por las calles aledañas al destruido sector, se encontró un grupo de muchachos con chaqueta azul de Integración Social, que empezaron a saludarlo. En ese instante recordó esa misma invitación que había recibido hace años atrás, pero su falta de madurez, hizo que la rechazara en esa oportunidad.

Fue trasladado de manera voluntaria al hogar de paso Bakatá. Allí se bañó, se cortó el pelo y hasta se cambió de ropa. Sintió la necesidad de poder ubicar a su familia y por medio del equipo profesional del hogar lo logró. “Mi Hermana contestó ese día el teléfono, al escuchar mi voz, se puso a llorar. Ellos son de Tumaco y pues fue muy difícil ubicarlos antes. Gracias a la ayuda de la trabajadora social ‘Astrid’, a quién recuerdo mucho, ella pudo comunicarse con mis hermanos y padres y logró convencerlos para que me visitaran y apoyaran mi proceso”, recuerda Harold.

Cuando su progenitora lo vio de nuevo, esta vez aseado y sin estar ‘drogado’ como antes, lo abrazo mucho. Al oído le susurró que siempre lo había esperado y que lo amaba mucho, que la promesa de salir del vicio, hoy creía que empezaba a dar frutos. Luego del encuentro, lo invitó a almorzar, le compró elementos de aseo y le regaló otras cosas para que empezará muy cómodo su proceso.

Hoy Harold es otro. Con algunas fisioterapias y mucha paciencia, trata de recuperar la movilidad en sus dedos y poder volver a utilizar su mano derecha como una vez lo hizo. Durante su proceso de recuperación, ha recibido formación en cursos de construcción y sistemas. Está validando la primaria y espera continuar con su bachillerato. Entre las enseñanzas que le deja estudiar matemáticas, ciencias sociales, español y hasta el inglés; trata de soñar nuevas historias para su vida. Actualmente comparte momentos felices al lado de su madre, la persona que siempre mantuvo la fe en su recuperación. Recuperó la confianza de su padre y hermanos, la cual perdió por sus malas decisiones.

Tiene una novia, un poco mayor que él y muy juiciosa. Ella le ha enseñado a valorar la vida a través de buenos consejos. También le ha prometido acompañarlo hasta el último día de la vida. A pocos días de finalizar su proceso, sólo le pide a su Dios que lo guíe, que pueda conseguir un trabajo y de esta manera brindarse una mejor calidad de vida.

Por momentos toma su mano derecha, siente la ausencia de su dedo, acaricia su rostro y recuerda las cicatrices que la vida le dejó, se llena de emoción al pensar que aún está vivo y que hoy puede empezar de nuevo. Cumplir una promesa, le salvó la vida.
 

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