
“¿Usted de qué medio viene? ¿Tiene cámara? ¿Me van a tomar fotos? ¿Quiere que le cuente mi historia?”. Don Robinson, ojos grandes y movimientos cansados, va de un lado a otro haciendo
las mismas preguntas, esperando que alguien lo escuche.
Es miércoles 18 de febrero y son las seis de la tarde. Estamos en la inauguración del centro Día/Noche para personas mayores en el barrio Santa Fe, localidad de Los Mártires. La casa es de cuatro pisos. Color arena. Ventanales grandes. Un espacio vital: lugar de identidades, refugio protector de recuerdos y secretos, defensa y coraza de aquellos que llevan décadas habitando las calles.
En ese lugar don Robinson, de no más de un metro cincuenta de estatura, piel tostada, con la textura que tienen quienes se mantienen constantes a la intemperie del sol y el viento, busca las cámaras como buscándose a sí mismo.
Lleva una piyama de color azul rey que contrasta con unos zapatos negros de charol gastado. Tiene 65 años y es el menor de cinco hermanos. Dice con orgullo ser campesino; al fin y al cabo nació y vivió hasta los 17 años en la zona rural del municipio de Une, Cundinamarca.
“La finca era de 137 hectáreas… 137, era de 137…”, repite una y otra vez, como intentando olvidar que por esa tierra, de la extensión total del campus de la Universidad Nacional en Bogotá y varias casas a su alrededor, se vio obligado a convertir las calles en su hogar.
“Yo tenía 17 años cuando mis papás murieron; se fueron los dos al tiempo como si lo hubieran planeado. Luego de eso mis hermanos que eran cuatro me empezaron a hacer la vida horrible: me golpeaban, me insultaban, decían que mejor me fuera. Un día, no había pasado ni tres meses de la muerte de mis papás, me subieron con mentiras a una flota y llegué a Bogotá. Mis hermanos me subieron a ese bus porque querían quedarse con las tierras; me lo había dicho uno de ellos días antes”.
“Yo por esa época -1972- no conocía más que la vereda, nunca salía de la finca, entonces imagínese lo que fue llegar a este monstruo de ciudad. Fue como llegar a otro país. Aún recuerdo que el viaje se me hizo eterno. Cuando me bajé en el terminal creí que habían pasado días y noches; fue mucho tiempo después que supe que mi pueblito quedaba tan cerquita, a menos de una hora, pero ya que, ¿Para qué volver?”
Don Robinson ha sido ladrón, acompañante de prostitutas, vendedor de baratijas, ayudante de obreros, mandadero, reciclador y limosnero. Ha habitado las calles por 43 años, “tiempo vivido y revivido”; ha sentido el frío de los andenes, “un frío que duele en los huesos”; ha soportado golpes, portazos y discriminaciones, “la desesperanza con que lo ven a uno, como si uno fuera una pesadilla, eso es lo más terrible”; y en este momento solo quiere tranquilidad, “ahora que estoy viejo solo quiero estar en paz y dar mis adioses, que no son muchos pero sí los suficientes”.
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Don Robinson me pide que lo acompañe a lavarse los dientes.
En el recorrido nos vamos encontrando con los otros participantes de este Centro, 75 en total. Un espacio único en el país, el tercero en la ciudad de Bogotá, con el que la Secretaría de Integración Social brinda protección y atención integral a personas mayores de 60 años que se encuentran en situación de vulnerabilidad y segregación social.
Algunos de ellos ya han acabado de cenar y se disponen a ir a los dormitorios donde el ordén es calculado. Lo más llamativo son los sobrecamas de colores vistosos que hacen juego con las piyamas vivas que portan.
En uno de los dormitorios el General Sandua, comandante en jefe, comandante por la paz, el Goyeneche contemporáneo de las calles bogotanas, proclama a viva voz y ante las cámaras frases de Jorge Eliécer Gaitán con vítores a la Secretaría de Integración Social y la Bogotá Humana por el restablecimiento de sus derechos como persona mayor y habitante de calle.
Como él, testigo directo del Bogotazo, en cada habitación hay hombres y mujeres que traen la historia de Bogotá tatuada en sus palabras. Son portadores de historias vivas de gozos y catástrofes, de ayeres y anteayeres que hacen de este centro, un lugar vivo para recorrer y contar.
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“¿Le cuento un secreto? tengo dos hijas, yo sé que las tengo, pero ellas no saben que me tienen, o no por lo menos vivo. Fue hace mucho tiempo. De eso no me gusta hablar. Yo lo único que quiero es que ellas sepan que su papá está acá, que ya no anda limosneando para conseguir tres mil pesos para una pieza y un plato de comida”.
Don Robinson tuvo dos hijas con alguien a quien prefiere no nombrar para no tener que recordar. “Ella tenía una carnicería; yo le ayudaba de vez en cuando y poco a poco nos fuimos enamorando, pero ella siempre estaba frustrada porque yo no tenía un solo peso para ofrecerle. Quedó embarazada, esa noticia la hizo cambiar, ya no hablaba y siempre estaba como pensando, como embobada. Cuando Helena –su hija- tenía ocho meses, me enteré que sería nuevamente papá; ahí si cambio todo, por más que yo le dije a ella –a quien prefiere no nombrar- que entre los dos formaríamos una buena familia y que eso era la fortaleza para salir adelante, me dejó. Un día simplemente no volvió a aparecer. La, las busqué por todo lado y nadie me dio razón. Llevo 37 años –su primera hija nació en 1977- buscándolas, preguntándolas y nada”.
Don Robinson dice que todo sería muy distinto si hubiera tenido al lado la fortaleza de sus hijas. No sabe realmente si su segunda hija sea una hija, nunca supo de ella, solo es su presentimiento.
-Robinson, ¿ya encontró sus adioses? –Le grita el que apodan “el abogado”
- No se ría que esto es serio, mejor venga usted y cuenta los suyos.
- Jajaja, ya voy a ver que se hace.
Entre ellos se conocen, muchos han sido compañeros de cambuche, se han cuidado entre ellos, hacen parte de una familia que, como toda que se precie de serlo, suda los mismos pánicos y tiembla las mismas preocupaciones.
“Desde que mis papás murieron nunca había tenido un hogar. Hoy no solo lo tengo sino que también tengo padres y hermanos que me están ayudando a encontrar mis adioses. Este centro es el reencuentro con ese ciudadano que aún soy, y con ese ser humano que por viejo no se puede desechar”.
Sus adioses son su gran creencia. Son sus tristezas y soledades, sus velos y desvelos, sus anhelos y deseos, sus entusiasmos y alegrías. Es la forma en que agradece una política que lo tuvo en cuenta y le permite, luego de 48 años, sentirse de nuevo en su hogar.
“Gracias por los adioses, eso es humanidad”.

Por:
Julio Pulido
Oficina Asesora de Comunicaciones
Secretaría Distrital de Integración Social



































